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Mármol, el hombre que sólo escribió en el exilio

José Mármol es un caso paradigmático de la literatura argentina: su obra principal, "Amalia", está considerada por la crítica como una de las peores novelas escritas en estas tierras, pero al mismo tiempo es el alegato antirrosista más potente de la historia.



Por Martín Ungaro

Un solo episodio puede decidir todo el futuro de un hombre, solía decir fatídicamente Jorge Luis Borges. Es el caso de José Mármol, autor del alegato romántico y antirrosista más importante de la literatura argentina. Este aserto, digámoslo ya, no se detiene en la calidad discutible de la novela "Amalia", escrita entre 1851 y 1855, sino en el efecto propagandístico que adquirió en el Río de la Plata durante el gobierno de "El Restaurador".

Todo comenzó con una anécdota: en 1939, Mármol fue encarcelado por el gobierno de Juan Manuel de Rosas, que lo acusó de difundir diarios de Montevideo que hablaban contra el hombre que se adjudicó la suma del poder público, al parecer una imputación falsa. La permanencia en una prisión (seis días, según La Gaceta Mercantil rosista; 17 de acuerdo con el autor) señalaron su camino literario: la escritura de panfletos contra "El Restaurador" desde el exilio.

En cartas a sus amigos, Mármol, de cuyo nacimiento se cumplen este mes 200 años, impulsó la leyenda de que fue en prisión que comenzó a escribir sus primeros versos contra "el dictador" y luego viajó a exilio: Brasil y Uruguay fueron los países que lo acogieron.

Lo impactante de su caso es que toda su obra literaria fue escrita en el exterior. Nacido el 2 de diciembre de 1817 y fallecido en agosto de 1871, el narrador, dramaturgo y poeta romántico escribió en Montevideo columnas políticas en los periódicos "El Nacional", "Muera Rosas" y "Tirteo", fundó la revista "El Álbum" y estrenó las obras teatrales "El poeta" y "El cruzado". En cambio, en su "etapa brasileña" compuso el poema "El puñal" (1844) y comenzó los inconclusos "Cantos del peregrino", una obra de neto corte romántico que se inspiró en Lord Byron y en los españoles Espronceda y Zorrilla.

Su tarea de propaganda antirrosista comenzó con el folleto Manuela Rosas, en 1850. Allí presentó a "El Restaurador" como un tirano feroz y a su hija como una víctima de las monstruosidades de su padre. Sin embargo, esta panfleto era apenas un "borrador" de lo que sería su obra más importante: "Amalia", que se publicó por primera vez en capítulos en el periódico "La Semana", que Mármol fundó.

La novela, aparecida a partir de 1851, narra la historia de un encuentro sentimental entre el joven unitario Eduardo Belgrano y Amalia, luego de que él fuera herido mientras intentaba huir de las tropas rosistas y cruzar desde Buenos Aires a Montevideo. Los hechos transcurren en 1840, uno de los momentos de mayor represión a los opositores.

Escrita con una perspectiva histórica muy marcada, el alegato antirrosista finaliza como toda obra romántica: cuando Amalia y Belgrano concretan su boda secreta, miembros de "La Mazorca", la policía política de Rosas, los sorprenden y el unitario es asesinado.

Durante el siglo XIX, "Amalia" fue la novela argentina de mayor repercusión en el extranjero, como lo demuestran sus innumerables ediciones, tanto en castellano como en otras lenguas. Sin embargo, su pobre formación literaria no pasó inadvertida para la crítica que muchas veces destrozó técnicamente sus párrafos. Tal vez el primero haya sido Paul Groussac, quien ocupó el mismo cargo que Mármol al frente de la Biblioteca Nacional con diez años de diferencia.

Es que si bien tiene un gran vigor y un sentido emocional que, como todos los románticos, mira a la naturaleza, el escrito de Mármol es previsible y está compuesto descuidadamente, con errores sintácticos muy marcados.

Tras la caída de Rosas en la Batalla de Caseros (1852), Mármol regresó a Buenos Aires y ocupó cargos públicos: fue senador y diputado; partidario de Bartolomé Mitre, el primer presidente constitucional; y en 1858, se quedó con la dirección de la Biblioteca Nacional. Aunque no lo crean, ejerció ese puesto pese a la ceguera que lo atacó en los últimos años de su vida. El vaticinio de un tal Borges.