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Creer para entender: un santo popular

Hace 140 años, fallecía Antonio Mamerto Gil Núñez, consagrado más tarde como "santo popular" con el nombre de "El Gauchito Gil", a quien se le atribuyen innumerables milagros de la fe. Un panorama del fenómeno.


Por Martín Ungaro

“Creo para entender”, sentenció hace casi un milenio San Anselmo, el abad de Canterbury, para explicar los misterios de la fe. El filósofo escolástico esquematizó con esa frase la idea de que si tomáramos el camino inverso del racionalismo (entender para creer), nunca descifraríamos las pasiones que despierta la religión.

La fórmula podría aplicarse para interpretar la devoción que despiertan los santos populares en Argentina. Si bien los profesantes son en general personas de origen humilde y marginal, en muchos casos la fe trasciende niveles culturales y clases sociales. Por ejemplo, un plantel del club Vélez Sarsfield dirigido por Ricardo Gareca le ofrendó una camiseta firmada por todos los jugadores a la "Difunta Correa" como agradecimiento por haber salido campeón.

La crítica de arte Nanu Zalazar le contó a este cronista que apenas montó su galería en un primer piso de un conventillo remodelado de San Telmo, los clientes escaseaban. “Un día se me ocurrió colocar a un costado de la entrada una escultura del Gauchito Gil que había hecho un artista. Entonces, gente de todas las edades y condiciones comenzó a visitar la muestra y la mayoría se detenía unos segundos frente al gauchito, como si rezaran… Incluso varios extranjeros me pidieron datos del santito. Un día, alguien le dejó una manzana al pie de la escultura como ofrenda”.

Algo similar -pero en proporciones enormes- se observa cada 8 de enero en el cruce de las rutas 119 y 123 de Corrientes, a unos kilómetros de la ciudad de Mercedes. Mientras uno se acerca al “mausoleo” de Antonio Mamerto Gil Núñez, “El Gauchito Gil”, abundan tacuaras con banderas rojas, placas de agradecimiento por sus milagros, ofrendas de todo tipo y centenares de personas que cumplen sus promesas. Ese día de 1878, fue asesinado el gaucho.

Vieytes, uno de los baqueanos más conocidos de la zona, a tal punto que lo llaman “la Noris del Gauchito” (en referencia a la mujer que hace 30 años está primera en la cola para ingresar a San Cayetano los 7 de agosto), cuenta que los sacrificios de los profesantes son muy variados: “Están los que vienen a traerle fotos de la capillita que le construyeron al santito en otros lugares del país, los que sólo le dejan velas encendidas o placas de agradecimiento, pero también están los que dejan objetos de valor, joyas, relojes, vestidos de novia, ropa y hasta cigarrillos”.

Sin embargo, la ofrenda más emotiva que se le hace al Gauchito es una procesión anual, en la que los devotos marchan de rodillas 8 kilómetros desde Mercedes. Otros prefieren hacer largos ayunos, peregrinaciones a pie o rezar novenas, a la manera de los santos aceptados por la Iglesia católica.

“Es que no respetar las promesas genera problemas hasta que se cumplen, como le pasó al sargento”, relatan los creyentes. Aluden así a la leyenda del militar que degolló a Antonio Gil y que, al regresar a Mercedes, se encontró con que el Gauchito había sido perdonado por la justicia y su hijo estaba muy enfermo, grave... Como había derramado sangre inocente, le pidió a su víctima que intercediera ante Dios por la vida del niño. Luego de una notable mejoría de su hijo (hecho que fue tomado como el “primer milagro” del Gauchito), el sargento construyó con sus propias manos una cruz, la cargó en procesión hasta el lugar donde había matado a Gil y rezó por su alma.

Las peregrinaciones paganas se repiten a lo largo del país desde hace cien años, incluso pese a que el retrógrado Episcopado Argentino haya declarado, el 19 de marzo de 1976, que estos ritos son “ilegítimos y reprobables”. Por eso, la dictadura cívico-militar prohibió los cultos a la Difunta Correa y el Gauchito Gil, entre otros tantos. A partir de allí, los devotos practicaron sus ritos en “catacumbas”, como los primeros cristianos.

El cura carismático correntino Julián Zini –devoto además del Gauchito– explica al respecto que entre la gente más humilde “hay un demanda social de espacios donde honrar a los difuntos”. Por eso, alzan al cotado de las rutas pequeños altares como lugar de oración. En estos ritos, sostiene Zini, “no hay intermediario” como en las religiones monoteístas, “el pueblo es el sujeto, no la jerarquía que preside la liturgia, la religiosidad popular es presidida y protagonizada por el pueblo”.

Para los creyentes, no existen diferencias entre los santos oficiales de la Iglesia y los santos populares. Todos hacen milagros, interceden ante Dios y hay que cumplirles las promesas que se le hacen. No obstante, hablando con los profesantes se vislumbran diferencias. La principal, que el culto es más individual que social, de visitas solitarias al santuario o al lugar donde están sepultados, aunque se ve mayor concurrencia para la fecha de nacimiento o muerte del santo. 

Este enero, al cumplirse 140 años de la muerte del Gauchito Gil, otra enorme procesión coronó la devoción del pueblo por un santo popular. Como dijo San Anselmo: creer para entender...