EOR

EOR

La revolución es un sueño eterno

El 25 de octubre (7 de noviembre según el viejo calendario Juliano) se conmemora un siglo de la revolución que en pocos años modificó la geopolítica mundial y logró que un tercio de la población viviera bajo el sistema comunista durante 70 años.


Desde su asunción como presidente, el 7 de mayo de 2000, Vladimir Putin, el nuevo zar de la Rusia blanca, da señales inequívocas de que no es muy amigo de la revolución de 1917, pese a haber sido formado profesionalmente por la ya desaparecida KGB soviética, una de las instituciones represivas generadas por el comunismo y sucesora de la temible Cheka de Iosif Stalin. Bajo el confuso argumento de que el Estado no debe dividir a la población entre partidarios y detractores del socialismo, Rusia, el país de la revolución más determinante de toda la historia moderna, no conmemora oficialmente el acontecimiento.

Pese a la supuesta neutralidad que alega, Putin ha tomado en los últimos años medidas que acabaron con los símbolos (y la historia) preponderantes en Rusia hasta el 25 de diciembre de 1991: la llamada “des-sovietización”. Para dar sólo un ejemplo, en el despacho oficial del todopoderoso presidente cuelga un retrato de Nicolas II, el zar derrocado en 1917 y fusilado en 1918 por los bolcheviques. El último Romanov que gobernó el país, dicho sea de paso, fue canonizado “Santo Mártir” por la Iglesia Ortodoxa, de excelente relación con Putin. Además, sus discursos están plagados de citas zaristas (su ídolo es, sin dudas, Pedro “El Grande”) y, más de una vez, prometió devolverle a Rusia “el brillo que tuvo con la Dinastía Romanov”.

Ahora bien, ¿si ese país tenía un destino de grandeza hasta 1917 como indica la nueva historia oficial rusa, por qué se produjo la revolución? ¿Fue apenas un golpe de Estado de dos trasnochados como Vladimir Ilich Ulianov (Lenin) y Lev Davídovich Bronstein (Trotsky)? No, para nada…

En el siglo XXI está de moda considerar que los años anteriores a 1914 (el inicio de la Primera Guerra Mundial y los movimientos revolucionarios) fueron los más felices de Rusia. La pregunta es ¿felices para quiénes? Durante sus últimos reinados, los Romanov habían generado un módico bienestar bajo el modelo de capitalismo corporativo, que luego adoptaran la Alemania nazi y algunos países periféricos. Es decir, crearon una masa inmensa de proletarios industriales, pero a diferencia de Juan Domingo Perón en Argentina no les otorgaron seguridad laboral ni leyes sociales, “bajo una delgada capa de prosperidad y lujo para unos pocos”, como sostiene el historiador escocés Neal Ascherson, un especialista en la Unión Soviética.

O sea, las clases sociales bajas se hallaban indefensas ante el crecimiento del mercado capitalista global en Rusia y de la acumulación patrimonial de la nobleza (clase alta) y la burocracia estatal (media). Para decirlo en términos lógicos, la riqueza de los ricos crecía de manera proporcional a la pobreza de los pobres. En ese contexto, los partidos políticos y los sindicatos socialistas comenzaron a organizar a la clase obrera en toda Europa. La Primera Guerra Mundial fue la chispa que encendió la hoguera roja, si se quiere.

El 8 de marzo de 1917, una manifestación de mujeres se pronunció en San Petersburgo (Petrogrado, en aquel entonces) contra el hambre y contra la matanza de soldados rusos en una guerra que no les pertenecía. Se escuchó, acaso por primera vez, la consigna “Paz, Pan y que nos devuelvan a nuestros hijos”. Nicolás II no tuvo mejor idea que mandar a un batallón del Ejército a dispersar a esas mujeres y, lejos de cumplir la orden, los soldados se negaron a reprimir (¡Allí estaban sus madres!) y se les sumaron: la marea de protesta fue a partir de ahí incontenible y el Zar adicó pocos días después. La Revolución Rusa había puesto ese día su ladrillo fundacional.

El caos institucional que significó para Rusia la caída del zarismo llevó a la clase política a pergeñar un sistema liberal comandado por un socialdemócrata, el menchevique Aleksandr Kerensky, quien asumió en junio del 17 y propuso tibias reformas sociales. No alcanzaban: las medidas del gobierno provisional fueron rechazadas por los nobles, que no querían ceden sus ganancias de siglos, y por los bolcheviques, que impulsaban una transformación radical.

Kerensky se enfrentaba, asimismo, con dos problemas a los que no le encontraría solución: la guerra y el hambre. Si bien Rusia empezaba a retirar sus batallones de Europa, los bolcheviques de Lenin habían tomado la decisión de acabar con el régimen montados en las protestas generalizadas de los sindicatos y los trabajadores industriales. Hubo huelgas durante dos meses, el desgaste del gobierno no tenía freno.

El 6 y 7 de noviembre, según el viejo calendario Juliano, un gran movimiento de dirigentes sindicales, políticos socialistas y proletarios industriales, todos ellos encabezados por Lenin y sus lugartenientes bolcheviques, acabó con el sueño socialdemócrata y tomó el poder. En algunas ciudades, el Ejército blanco opuso resistencia pero fue vencido: un intelenctual radical, que se había hecho soldado a favor de la revolución aun cuando hablara seis idiomas, comandó en Petrogrado la toma del Palacio de Invierno. Su nombre de guerra era Trotsky.

El resto es conocido: la guerra civil entre “rojos” y “blancos” duró hasta 1923, cuando el “Tren blindado” arrolló a los ejércitos de ocupación y se firmó el primer Pacto de Varsovia; el fenomenal proceso de crecimiento agroindustrial que incluyó una colectivización forzada y miles de asesinatos entre el campesinado; la muerte de Lenin y las disputas feroces por el poder; la asunción de Stalin y la instauración de las “purgas” de dirigentes y los “campos de re-educación”, un eufemismo de “campos de concentración” en los que murieron miles de revolucionarios, campesinos, judíos y, al final, sospechosos de ser opositores. La brutalidad del stalinismo fue acompañada por un desarrollo industrial impresionante: la economía de Rusia o, a esa altura la Unión de Republicas Socialistas Soviéticas (URSS), había pasado de ser la más subdesarrollada de Europa a la segunda potencia del mundo. Más tarde, la victoria contra el nazismo, la guerra fría y los distintos procesos de desgaste económicos, sociales y políticos también acabaron con el sueño socialista. Como profetizó Trotsky, “la dictadura del proletariado se había convertido en la dictadura contra el proletariado”.

Desde el punto de vista histórico, hay muchas cosas que se deben destacar: si la Revolución Francesa cambió la forma de pensar de la humanidad y perfeccionó el liberalismo hasta hacerlo dominante en todo el mundo, la Revolución Rusa se mantuvo 70 años y, tras la Segunda Guerra Mundial y el levantamiento comunista en China, la mitad de la población mundial vivió (y sufrió) bajo el régimen marxista-leninista.

Un chiste que contaban los europeos del Este en la década del ’90 se preguntaba “¿qué logró el capitalismo en unos pocos meses que no pudo hacer el comunismo en sus 70 años de existencia?”. La respuesta, que era espetada invariablemente entre risas melancólicas, prescribía: “hizo que valoráramos al comunismo”. Acaso ahora lo sepamos gracia al acontecimiento que marcó el último siglo: la revolución social es un sueño eterno.