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El crítico, un sofista moderno

La crítica de arte y literaria está en debate: ¿hasta dónde se trata de un discurso verosímil y objetivo que tiene componentes de verdad? ¿hasta dónde es apenas un juego de sofistas que laboran buenos discursos? Un aporte a la discusión.


Algunas corrientes estéticas y teorías artístico-literarias, cuyas ideas y prácticas suelen discordar entre sí, postulan de diferentes modos que todos los juicios de valor acerca de lo que damos en llamar artes son igualmente apropiados y legítimos porque la belleza no resulta una condición propia de los objetos artísticos[1] sino una cualidad que les otorga la percepción humana.

En este sentido, podemos seguir a Baruch Spinoza en que los objetos producen «efectos» en sus receptores y éstos les adjudican determinadas propiedades de acuerdo con el placer o el displacer que experimentan ante ellos. O sea, nada sabemos de un artefacto artístico en sí y le atribuimos nuestros propios criterios de gusto. Y, como dice un refrán, sobre gustos no hay nada prescrito. Immanuel Kant, en su ensayo Crítica del Juicio[2], resume en una frase epigramática este concepto: «Toda sensación privada [frente a una obra, aclaramos] no decide más que para el contemplador y su satisfacción».

La misma idea de objeto artístico se presta a polémicas teóricas e históricas, dado que sus características varían según las épocas y los hábitos culturales de cada sociedad. Por ejemplo, las disciplinas bisoñas como la fotografía y el cine debieron recorrer un largo camino para abandonar su estigma testimonial-informativo e ingresar en el campo de las artes, que ahora ocupan. La poesía y la pintura, en cambio, mantienen un lugar preponderante dentro de ese territorio al menos desde el siglo VIII a. C. Apenas criterios.

Las corrientes estéticas que mencionamos en el primer párrafo sostienen diferencias sustanciales al momento de delimitar y juzgar un objeto artístico: ¿Qué es lo que se contempla como arte? y ¿cuál es la mejor técnica para hacerlo?[3], serían dos de las preguntas básicas que se formulan en el comienzo de su tarea. Y la gran mayoría argumenta a su favor con convicción, desde la Estética aristotélica y los primeros ensayos de filosofía del lenguaje hasta el denominado Posestructuralismo y los llamados estudios culturales o de género. Sin embargo, no hay definiciones definitivas ni acuerdos más o menos duraderos entre las escuelas, por lo cual sus prácticas incluyen una pugna por el sentido y por la verdad dentro de un pequeño campo de batalla, por así decirle.

David Hume, en una búsqueda denodada por hallar las peculiaridades de un enjuiciador imparcial, admitió que «los críticos pueden disputar [o «pueden razonar», de acuerdo con diferentes traducciones] de una manera más especiosa que los cocineros»[5]. Nos parece que el aserto del filósofo escocés se justifica y tiene actualidad en el hecho de que la práctica crítica tiene muchas veces una tendencia a caer en logomaquias[5], es decir en discusiones estrictamente verbales que ponen el acento en las palabras (por caso, los innumerables neologismos de la filosofía francesa) y en explicaciones de las palabras que se utilizan, pero no en el objeto artístico en sí, no en el fondo del asunto en cuestión. Ahora bien, ¿cuál es el asunto en cuestión? Uno no tiene respuestas sino algunas intuiciones y una pregunta.

La imagen de un combate de palabras, de una logomaquia, nos lleva a pensar en la práctica de la crítica y la filosofía estética como un derivado moderno de la Retórica: el crítico-filósofo está más interesado en construir un discurso con el fin de lograr ciertos efectos en sus receptores -los mismos «efectos» que produce el objeto artístico, según Spinoza- que en estudiar el objeto artístico en sí. Para hiperbolizar el tema, recurrimos a una broma de Groucho Marx: «Estuve tan ocupado en escribir la crítica que nunca pude sentarme a leer el libro».

Este concepto de efectismo está íntimamente conectado con las instituciones que tienen el poder de definir qué es Arte y cómo debe ser contemplado: las escuelas de arte, las universidades, los críticos prestigiosos, las revistas y los suplementos culturales, etc. El territorio político apropiado para la disputa de ideas.

Desde esta perspectiva, uno puede analizar la crítica artístico-literaria como una operación de sofismo[6], una práctica basada en la capacidad de persuasión sobre otros. El crítico, al igual que los antiguos sofistas griegos, produce un efecto de verdad ligado con la eficacia de sus ideas y sus alocuciones acerca de los objetos artísticos. Esta vinculación quedaría justificaría a partir de dos postulados provisorios:
El primer postulado es que «los sofistas actúan en el discurso de los otros, los trabajan y los aprovechan”, como bien señala la filósofa francesa Barbara Cassin[7]. De la misma manera, la crítica resulta un discurso de segunda mano que refiere al objeto artístico original y se vale de éste (un poema, una novela, pero también una imagen) para su práctica. El segundo, que el conflicto –la contradicción- es tan fructífero como el consenso para la crítica artístico-literaria, una herencia indudable de los filósofos helenistas.

Y, en nuestra opinión, la pregunta resultante de estos dos postulados sería: ¿Es la crítica artístico-literaria un género literario más? Creemos que sí.
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Notas:
1 Aunque Walter Benjamin sostenía que «definir esteriliza», idea que uno suscribe enfáticamente, se entiende aquí por objeto o artefacto artístico el resultado de toda práctica literaria, pictórica, fotográfica, cinematográfica, etc. que en determinada época y lugar sea considerado arte.
2 Seguimos la versión de Editorial Porrúa, México DF, 1985.
3 Se utiliza adrede el verbo contemplar (RAE: poner atención en algo material o espiritual, considerar, juzgar) porque es, quizá, el término que mejor representa el acto de receptar un objeto artístico, cualquier sea éste, e incluye leer u observar.
4 David Hume. Sobre la norma del gusto y otros ensayos, Editorial Península, Barcelona, 1989.
5 La raíz de logomaquia, que significa en griego antiguo altercado, está compuesta por logos (palabra, discurso) y makhomai (combate).
6 Los Sofistas junto a Sócrates cambiaron el objeto del discurrir filosófico y pasaron de la naturaleza (tema de los Presocráticos) a la reflexión sobre el hombre y la sociedad. Utilizaban como método una retórica de la persuasión.
7 Entrevista en la Revista Ñ, Pag.10/11, junio de 2017.

Imagen: Busto de Protágoras