EOR

EOR

Terapia intensiva

La autora del libro “Toda clase de cosas posibles” explora en estos textos –que publicó en exclusiva Gaceta.com con ilustraciones de Verónica Feinmann– la sórdida intimidad de la terapia intensiva, la soledad en todas sus versiones, las ridículas escenas que surgen del contacto cercano con la muerte de un ser querido.


Relato de Virginia Feinmann con ilustración de Verónica Feinmann

Son las 4 de la mañana en el reloj de terapia intensiva. Todas las butacas y los sillones de cuerina beige están vacíos. El piso de poliuretano continuo brilla, lustrado en círculos. Hay un zumbido permanente. 
Leo de a ratos. Voy hasta la máquina de café a sacarme un Nesquik. Demoro mucho en poner las monedas, apretar el botón, ver cómo se llena, buscar dos sobrecitos de azúcar, volcarlos, sacar un palito removedor, remover, dar el primer sorbo caliente. 
Lo termino. Me levanto a tirar el vasito con ese fondo empetrolado que nunca me animo a tragar. Vuelvo. Me acuesto en la fila de butacas como si estuviera en mi casa. Al rato me da un poco de frío y dolor de cuello estar así. Me vuelvo a sentar. Miro el piso. No entiendo cómo hacen para que brille tanto. Suena mi celular. 
Dice Número Privado, normalmente no atendería, pero son las 4.10 de la mañana. Dudo. Atiendo. Digo hola y no me contestan. Digo de nuevo. Me habla un hombre joven, un acento como de provincia o latinoamericano. 
–Señorita... disculpe... ¿cuánto sale el servicio de una hora?
Entiendo rápido. No por las palabras, sino por cómo las dijo. Con mucha vergüenza. Es una voz que suena desde adentro de una cabina o un caño. No pienso en ese momento lo que tendría que haber pensado, la trata, el cliente, la explotación. No llegan esos argumentos, sino una enorme pena. 
–No... te debés haber equivocado... qué servicio –y me corta.
Corto yo también. Entro un rato a la terapia. 
Papá duerme. La sonda nasogástrica sigue en su lugar, la saturación por encima de 90, la respiración calma, frecuencia respiratoria en 24.
Salgo. Me siento en la butaca de cuerina beige. Guardo el teléfono. Son ridículas, y por suerte breves, mis ganas de que suene otra vez.

* * *

Había empezado el día buscando sorbetes. Los sorbetes finitos no sirven para la rehabilitación, nos dijo el kinesiólogo, tienen que ser los anchos, así sopla más, los que te dan en Café Martínez. 
Teníamos unos blancos con rayitas rojas comprados en un cotillón del Once y papá soplaba bien, pero el kinesiólogo hacía que no con la cabeza. 
–Así no va.
Fui corriendo al Café Martínez. 
El viento helado me hacía doler el cuero cabelludo, la punta de la nariz. Las canas se me habían erizado y tenía los ojos llorosos. Empujé la puerta pero estaba cerrada. Toqué el timbre. El encargado me miró un rato antes de abrirme. Adentro estaba calentito, había olor a café, a spray, a rouge, a perfume. 
–Es para una persona que necesita rehabilitarse, necesita soplar en sorbetes anchos, que acá tienen.... –la señora de la mesa más cercana giró la cabeza con su masita en la mano. 
–Los únicos que hay son los que están ahí –el encargado señaló un vaso de metal. No parecían más gruesos que los otros. 
–¿Pero estos son los de Café Martínez?
El encargado no dijo nada.
–Tienen que ser los de Café Martínez, porque si no no se va a rehabilitar.
–Los verdes –dijo otro empleado.
Lo miré.
–Está buscando los verdes. Son más anchos. 
–Ah, los verdes. No. Esos hasta la semana que viene no hay. 
–¿Y en otro Café Martínez?
El encargado no dijo nada.
Seguí por la Avenida Santa Fe. Pedí sorbetes en Starbucks, Burger King, McDonalds y dos heladerías. Volví al Café Martínez y pedí lo que tuvieran y que si llegaban los verdes que por favor me guardaran. 
El kinesiólogo del sanatorio ya se había ido. Dejé los sorbetes como un ramo de flores en el vasito de la mesa de luz de papá.
Llegué a casa y me hice una sopa. Puse la tele. Una mamá elefanta había parido un elefantito. Era todo orejas, gris brillante como con una sonrisita. Chapoteaba en el suelo. Ella le pasaba la trompa por el cuerpo. El elefantito intentó pararse pero se le doblaron las rodillas. Así varias veces, como si se le aflojaran, o se resbalara. Si el bebé elefante no logra pararse en veinte minutos, dijo el locutor, será presa fácil de los depredadores que ya han olido la sangre del parto. La madre tiene veinte minutos para lograr que se incorpore o deberá dejarlo atrás. La trompa de la elefanta lo empujaba cada vez más fuerte. El bebé trataba, pero las rodillas se le volvían a doblar. Trataba y se caía. Muchas veces. Hasta que la madre se alejó. 
Era hora de irme a dormir. Di vueltas. Me hice un té. Volví al sillón y prendí la tele otra vez. Seguí mirando documentales. Tenía que estar temprano en el sanatorio pero ya sabía que no me iba a ir de ahí. Iba a seguir mirando la tele. Iba a quedarme todo el tiempo que hiciera falta hasta que me mostraran cualquier animal, elefante, jirafa o perro, que tuviera un problema y saliera adelante.

* * *

Hay tres señoras en la terapia intensiva. Esperan igual que yo. Una tiene un sombrerito de tela con una flor. El pelo gris se le asoma en mechones a los costados. Las medias de nylon se le arrugan un poco en el tobillo, sobre los zapatos chatos.
Las otras dos la dejan sentar primero. Ella le habla a la nada y las dos señoras le hablan a ella. 
–Cómo la viste. 
–No, igual. 
–Vos cómo la viste.
–Igual, sí. 
–Y bueno.
–Ella ya sabía que en algún momento iba a pasar.
–Sí.
–Lo que dijimos es de no hacerle nada agresivo.
–Invasivo.
–Sí.
–Cómo.
–No hacerle diálisis. No pincharla. No hacerle… –dos mueven las manos como si sacudieran a alguien.
–Ah, no hacerle... sí, sí, no molestarla.
–No. Ella ya. Viste está todo tomado.
–Sí.
La señora de sombrerito mira para abajo. 
Las tres miran para abajo. 
–Para qué le van a hacer algo en el corazón, si está el estómago, los huesos, el hígado…
–Sí, sí.
–Sí…
–Ahora me preocupa algo –dice la de sombrerito–. Hoy le fui a buscar los dientes.
–¿Para qué?
–No sé, para que los tenga.
–Pero Edith, para qué.
–Bueno, escuchame. Fui a la casa a buscarle los dientes y tenía abierto el facebook. Entonces puse lo que había pasado.
–Ah… sí, hiciste bien.
–Pero ahora me dice Andreíta que hay cantidad de gente preguntando.
–¿Cantidad?
–Sí, mi hermana tenía un montón de amigos.
–En serio.
–Un montón.
Cierran las puertas de la visita. Están ellas tres y yo. Solas.
–¿Y qué dicen?
–Preguntan qué pasó, cómo sigue, qué dice el médico. Le mandan bendiciones, imágenes. Yo no puedo contestar todo eso.
–Bueno, de a poco.
–No, yo no puedo contestar, Rosa. Ya le apagué la computadora. No puedo entrar más a su facebook. Ahora no sé cómo responderle a esa gente...
Se miran las tres. Una quiere decir algo pero no dice nada. Se pone la mano en la boca.
–¿Y entonces?
–No sé.
–¿Pero vos los conocés?
–No, no te digo que son amigos de ella.
–Pero…
–¿Vendrán para acá?
–No… no sé… –el piso está pulido, un corredor de poliuretano continuo que desinfectan a la mañana y a la noche. La máquina de café prende la lucecita roja.
–¿Y no tenés los teléfonos?
–No, no sé quiénes son.
–Pero…
–¿Andreíta no podrá entrar?
–Ya le pregunté, no sabe. Probó unas contraseñas pero no son.
El reloj de la terapia intensiva es blanco y redondo. Marca las nueve de la noche.
–Edith ¿y si entrás y le preguntás a ella la contraseña? Decís que es una urgencia.
–Ya le pregunté también.
–¿Y? –las dos señoras al mismo tiempo.
–No me contestó.
–Bueno…
Miran el piso otra vez. La de sombrerito se levanta despacio y va hasta el ascensor. Las otras dos la siguen. Esperan ahí calladas.
–Qué cosa, Edith…
–Sí…
La señora se muerde el labio y mueve la cabeza de un lado a otro. Después llama el ascensor. Lo del facebook, como lo de su hermana, no tiene solución.

* * *

La conjuntivitis se presentó en medio de la noche y me dijo: vos ya no estás para cuidar a tu papá. Se acabaron tus noches en terapia intensiva, chiquita. Secate el ojo con un algodón mojado, sí, ponete gotas, pero no volvés a entrar al 1er piso del Otamendi. 
Olvidate de recostarte en el silloncito y cabecear al arrullo del monitor de parámetros fisiológicos. Se te terminó la de despertarte cada 10 minutos con su angustia o su flema, ponerle vasitos para que escupa, apoyar tu mano en su frente, decirle que está todo bien, escuchar que está podrido de esa frase y sentirte una pelotuda. Listo. 
La conjuntivitis me acarició el ojo derecho con mil agujitas. Cada una decía lo mismo con su pequeña voz viral. Se terminó para vos. Se terminó para vos. Por tres semanas se terminó para vos. 
La conjuntivitis me tomó en sus brazos y me recostó en la cama de mi departamento. Me tapó con mis sábanas limpias, prendió la estufita al mínimo, me alcanzó un plato caliente de comida de verdad y puso un audiobook de Raymond Carver. 
Cuando de todos modos me quise levantar me acompañó hasta el espejo del baño. ¿Ves? me dijo ante la impresión con que yo me miraba a mí misma, así no te van a dejar pasar. 
Y de vuelta en la cama me apartó el pelo de la frente y apoyó su mano suave de velo corneal. 
Hay otros, me dijo al oído. Está tu hermana, están tus primos, hay enfermeros pagos. Son tres semanas nomás. 
La conjuntivitis me hizo lagrimear, de angustia, de alivio, no sé de qué.

___
La autora del texto. Virginia Feinmann nació en Buenos Aires en 1971. Fue, y ocasionalmente vuelve a ser, periodista, traductora, editora, docente y librera. Colabora con el movimiento de derechos humanos desde 1997 (Amnesty International Australia, CELS, Espacio Memoria y Derechos Humanos-ex ESMA). Tiene diversas ficciones cortas publicadas en diarios y revistas, entre ellas Gaceta Mercantil. Su cuento “Gloria” (Página12/2014) fue adaptado por Teatro X la Identidad, Abuelas de Plaza de Mayo. En 2016, presentó su primer libro: “Toda clase de cosas posibles”, que tuvo muy buenas críticas y ventas.
La autora de la ilustración. Verónica Feinmann nació en Buenos Aires en 1973. Es diseñadora gráfica, fotógrafa, y cuando se lo permite, dibuja y pinta. Trabaja como diseñadora editorial desde hace más de quince años, en la actualidad para Grupo Octubre.
Sus fotografías e ilustraciones componen el arte de tapa de gran cantidad de publicaciones. Entre las más recientes, tomas de su ensayo “Infancia y dictadura” fueron incluidas en la revista de filosofía “El río sin orillas”.

* Publicado el 22 de diciembre de 2016 en Gaceta.com