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De la sombra de Sartre a la sublevación

Hace 30 años, fallecía una de las pensadoras más influyentes de la historia de la filosofía contemporánea: la condición femenina y la liberación de los oprimidos fueron su norte.


A simple vista, gran parte de su vida y de su obra parecen estar ligadas indisolublemente a los primeros indicios de la sublevación de la mujer contra la opresión machista y al célebre filósofo Jean-Paul Sartre: era existencialista, atea y “comprometida”, un adjetivo que ha perdido valor simbólico en nuestros días y ha ganado en mercantilismo.

Sin embargo, Simone de Beauvoir fue mucho más que una sombra del movimiento existencialista y de su tótem; fue una filósofa profunda, tal vez demasiado para su época, que meditó largamente sobre los movimientos de liberación (sociales, coloniales, de clase e incluso feministas) y dejó un puñado de textos literarios con una vigencia mucho mayor que los de su compañero de toda la vida. Así como tardamos demasiado tiempo en advertir que Silvina Ocampo había sido la mejor narradora del Grupo Sur, tardamos en notar la potencia subversiva del pensamiento beauvoiriano en el colectivo “Tiempos modernos”.

Si una persona define toda su vida en un solo momento, como le gustaba figurar a Jorge Luis Borges, Simone lo hizo en 1949, cuando publicó su obra más significativa para las meditaciones contemporáneas: “El segundo sexo”. Fue entonces que dejó atrás para siempre un origen pequeño burgués, los estudios en La Sorbona, la docencia en liceos de señoritas y fundó la Liga de los Derechos de la Mujer.

El libro encarnó un punto de partida teórico para distintos grupos feministas y se convirtió, con los años, en una obra clásica, no sólo para las mujeres sino para todos los oprimidos. Porque si el “segundo sexo” es el sexo pospuesto por la historia, la cultura y la sociedad de los hombres, mujeres también fueron-son-serán los colonizados por los países central, los subdesarrollados, los oprimidos, los “pobres del mundo”. Esta idea base, por supuesto, fue tomada del Genio de Prusia (o el Hijo del Diablo, como prefieran).

A partir de ese libro, Beauvoir completó una historia sobre la condición social de la mujer y analizó las distintas características de la opresión masculina: no sólo el machismo sino las ansias de poder y dinero. Su pensamiento fue, quizá, tan importante como el de Sartre entre los filósofos franceses que los sucedieron como Michel Foucault.

Al ser excluida de los procesos de producción y confinada al hogar y a las funciones reproductivas, la mujer perdía todos los vínculos sociales y con ellos la posibilidad de ser libre, culta y elaborar un poder para sí, “una política para sí”, diría luego Foucault.

Además, Beauvoir analizó la situación de género desde la visión de la biología, el psicoanálisis y el materialismo dialéctico, procedimiento del que se valió para destruir muchos mitos sobre el feminismo, aun los mitos de las mujeres. A partir de ahí, incitó a buscar una auténtica liberación de la condición femenina, pero no un sucedáneo, un versus, un "lo otro" del hombre, una mujer que sometiera al hombre.

La lucha para la emancipación de la mujer era, de acuerdo con su opinión, paralela a la lucha de clases porque el principal problema que debía afrontar el “sexo débil” no era ideológico sino económico, lo mismo que lo más desprotegidos por el sistema capitalista.

Así, no sólo se interesó por los oprimidos en general y la mujer en particular. En 1954, con “Los mandarines”, de 1954, que la consagró con el Premio Goncourt, retrató las dificultades de los intelectuales de la posguerra para asumir su responsabilidad social, ya sea por descomprometidos, ya sea por irresponsables.

A partir de ese compromiso que abrazó, ella integró el llamado “Tribunal Russell”, un organismo establecido por el filósofo y matemático británico Bertrand Russell –y secundado por, entre otros, Jean-Paul Sartre y Julio Cortázar- que se encargó de investigar la política exterior y la intervención militar de EEUU en Vietnam, cuando se habían instaurado ya las repúblicas de Vietnam de Norte y del sur, tras echar al colonialismo francés.

Como no podía ser de otro modo, en 1968 apoyó la sublevación de los estudiantes y obreros en el llamado “Mayo francés” y en especial defendió a uno de sus líderes más carismáticos, el judeo alemán Daniel Cohn-Bendín, expulsado del país tras el fin de la revuelta que dejó mal herido al padre de la patria moderna Charles De Gaulle.

Quizá lo menos valorado de su producción sea su obra literaria. No obstante, Beauvoir dejó un puñado de libros testimoniales y autobiográficos que le sirven a la historia para ubicar las luchas de liberación del siglo XX. Entre ellas, podemos citar “Memorias de una joven formal”, “La plenitud de la vida”, “La fuerza de las cosas”, “Una muerte muy dulce”, “La vejez”, “Final de cuentas” y “La ceremonia del adiós”.

En estos textos literarios revisó los conceptos de “historia” y “personaje” e incorporó, desde el punto de vista existencialista, los temas de “libertad”, “situación” y “compromiso”. Claro que no podía ser de otro modo: Simone de Beauvoir había fundado con Merleau-Ponty, Albert Camus y Sartre una de las escuelas de pensamiento más insurrectas del último siglo, tan insurrecta que se animó a escribir en un título algo que no se había sabido entender hasta ese instante: “Todos los hombres son mortales”.


* Publicado el 16 de abril de 2016 en gaceta.com