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Allen, la vida imita a la televisión

El 1º de diciembre, cumple 80 años el realizador de cine norteamericano más neurótico y entrañable para los públicos argentino y europeo, un Groucho Marx tamizado por Sigmund Freud que hace aún delicias en el 7º arte.


Por Martín Ungaro

¡Sonría, por favor, no sea amargo! ¡Sí, usted…! Si el chiste más celebrado del guión más divertido de la historia del cine estadounidense -según una votación de la Asociación de Guionistas Americanos (WGA)- no le arranca al menos una carcajada, usted es un caso incurable: “No te metas con la masturbación, es hacer el amor con alguien a quien yo quiero”.

¡Claro, acertó usted!: la votación recayó sobre aquella entrañable película bautizada por su autor “Annie Hall” y conocida en Argentina como “Dos extraños amantes”, aunque en Alemania tuvieran el mal gusto de ponerle “La histérica”. Y recordamos hoy el film protagonizado por Woody Allen y Diane Keaton porque el pequeño genio nacido en el Bronx, criado en Brooklyn y concubino eterno de Manhattan cumple 80 años. Y él ya se los advirtió: “La inactividad sexual es peligrosa, produce… cuernos”.

Amante de los gags visuales, a lo Buster Keaton, sucesor irónico de Groucho Marx y Bob Hope, eterno deudor de Federico Fellini, Ingmar Bergman y Akira Kurosawa, Allen ha retratado como nadie, en sus hasta ahora más de 40 largometrajes, el comportamiento de la clase media intelectual de Nueva York (y podríamos agregar de París, de Roma o Buenos Aires), con sus avatares sentimentales, psicológicos y políticos, siempre desde una combinación explosiva de humor, con dosis de sexo, judaísmo, miedo a la muerte y, por supuesto, es gran ausente en el siglo XX que es Dios (“Unos se casan por iglesia, otros por idiotas”).

Konigsberg. Allen Stewart Konigsberg nació el 1º de diciembre de 1935 en Brooklyn. Es hijo de Martin Konigsberg, quien trabajó en diversos empleos, como taxista y camarero, y la contadora Nettea Konigsberg, ambos judíos ortodoxos.


A los 15 años, cuando comenzó a escribir, optó por el nombre de Woody Allen y, tras superar a los tumbos la escuela secundaria, ingresó en la Universidad de Nueva York para estudiar Cinematografía. Claro que ese muchacho nervioso e hiperkinético se aburrió y dejó las clases en el segundo semestre, con el objetivo de dedicarse a redactar chiste para el comediante David Albert: “La marihuana causa amnesia y… otras cosas que no recuerdo”.

Es que Allen siempre rechazó el academicismo y prefirió poner en práctica sus muchas lecturas, escritas y visuales. Sus guiones para cómicos famosos de los ’50 como Carl Reiner o Sid Caesar le dieron un sustento a sus sueños: en el inicio de la década del ’60, se lanzó a interpretar sus propios gags en teatros y en programa de televisión, lo que hoy denominaríamos “stand-up”. Sus performances en los teatros de Greenwich Village lo llevaron poco después al mundo del cine: “Morir es como dormir, pero sin levantarse a hacer pis”.

En 1965, escribió el guión de la película “¿Qué tal, Pussycat?”, una comedia interpretada por Peter Sellers, Romy Schneider y Peter O’Toole. A partir de entonces, no dejó de actuar, escribir y dirigir. En principio, fue el “cerebro” de la parodia de James Bond, “Casino Royale” (1967), con David Niven, Peter Sellers, Ursula Andress y Orson Welles.

Dos años después, empezó a filmar la comedia “Robo, huyó y lo pescaron”, su primer hito, y siguió con la sátira “Bananas”, “Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y no se atrevió a preguntar”, “El dormilón” y “La última noche de Boris Grushenko”. En esos primeros años de los ’70, escribió para teatro “Play it again, Sam”, una comedia sentimental que recuerda con nostalgia al gran film “Casablanca”. El director Herbert Ross la llevó al cine como “Sueños de un seductor”, protagonizada por el propio Woody y Diane Keaton, quienes se convirtieron desde ahí en una de las parejas más productivas del cine: “Todo hermano se interesa por una hermana, sobre todo si esa hermana es de otro”.

Hijo de Bergman. La celebrada “Annie Hall” fue la primera película de una nueva etapa de Allen. Dejó de escribir comedias divertidas y ligeras para profundizar en los temas que lo obsesionaban. Por eso, no causó sorpresa que ganara los Oscar al “Mejor Director” y al “Mejor Guión”, de 1977. A partir de ese día, la crítica y -en menor medida- el público se hicieron adictos al pequeño genio: “La amistad es como la mayonesa: cuesta un huevo y hay que tratar de que no se corte”.

El pináculo de su fama y su éxito le llegó dos años después con la monumental “Manhattan”, una película icónica de los ’70. La grabación en blanco y negro y la música de jazz le dieron el marco dramático a sus brillantes protagonizas Keaton, Allen, Mariel Hemingway y la jovencita Meryl Streep, uno de sus grandes descubrimientos.

En los años ’80, continuó realizando con algunos de sus mejores films: la obra maestra “La Rosa Púrpura Del Cairo” (1985) y la extraordinaria “Hannah y Sus Hermanas” (su segundo Oscar como guionista): “Es curioso que se le denomine sexo oral a la práctica sexual en la que menos se puede hablar”.

En medio de esas realizaciones, también hubo películas “bergmanianas” y “fellinescas”, como “Interiores”, “Recuerdos” o “La comedia sexual de una noche de verano” (la primera con Mia Farrow), que sirvieron más de homenaje al cine europeo, que adora, que a su filmografía.

Poco a poco, la repetición, el aburrimiento del público y cierta obsesiones psicoanalíticas de Allen fueron alejándolo del primer plano, pero tuvo el talento de escribir algunas de las mejores películas de la historia del cine: “La otra mujer” (1988), el episodio “Edipo reprimido” de “Historias de Nueva York”, donde también trabajaron Francis Ford Coppola y Martin Scorsese, y “Maridos y mujeres” (1992).

Del resto, sólo se puede decir que descubrió o popularizó a actrices notables como Dianne Wiest, Mira Sorvino y que, ya “viejito”, escribió una de las películas más nostálgicas y bonitas de la Ciudad Luz: “Medianoche en París”, Oscar al “Mejor Guión Original”.

De su alocada y tumultuosa vida sentimental, mejor no hablar en su cumpleaños. Hoy es un día, más bien, para que gritarle al viejo escritor y cineasta con el nombre de su única comedia musical: “Everyone say I love you, Woody”. Y recordar sus mejores chistes, por supuesto.


Publicado el 1 de diciembre de 2015 en gaceta.com