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La película que Perón escondió

Hace 70 años, Mario Soffici terminó de filmar “La pródiga”, el único papel protagónico de Eva Duarte en el cine. Sin embargo, se estrenó recién en agosto de 1984 porque un influyente militar de la dictadura que gobernaba entonces el país prohibió su exhibición por celoso.


La historia es entre tierna y ridícula: hace 70 años, en agosto de 1945, el gran director de origen italiano Mario Soffici terminó de filmar la película “La pródiga”, el único papel protagónico de Eva Duarte en el cine, que sería estrenada, según estaba previsto, a fines de ese año. Sin embargo, la première tuvo que esperar casi 40 años porque el novio de la actriz, un influyente militar de la dictadura que gobernaba entonces el país, prohibió su exhibición por celoso: un tal Juan Domingo Perón, vicepresidente, ministro de Guerra y secretario de Trabajo.

El filme, de una hora y diez minutos, con guión original del español Alejandro Casona, no tiene por supuesto escenas subidas de tono ni eróticas, pero “el coronel con visión política” ya se había lanzado a ser el “candidato militar” para la próxima democracia. Perón temía, según confesó durante una entrevista en los años ’60, que su imagen se viera atacada porque estaba “juntado” con una actriz, una “bataclana” como se despreciaba a las artistas en esa época.

Por eso, desde el gobierno logró postergar el estreno de “La pródiga” hasta después de las elecciones del 24 de febrero de 1946 en las que finalmente fue el candidato del gobierno y, más tarde, invocó el carácter de Primera Dama de Evita para que la película no se estrenara en cines.

La película estaba encabezada por María Eva Duarte y Alberto Closas, y el elenco estaba compuesto por Mercedes Díaz, Ricardo Galache, Manuel Alcón, Arsenio Perdiguero, Angelina Pagano y Malisa Zini, entre otros. Lo que se diría una superproducción para el cine de los años ’40.

Detenerse a analizar la carrera actoral de una de las personalidades más importantes de la historia argentina parecer baladí. Como si nos detuviéramos apenas en la faceta de amante frustrado de ese estadista del siglo XIX llamado Domingo Faustino Sarmiento. O en los apuntes sobre la enseñanza de Estrategia de Guerra de coronel Juan Perón, uno de los pocos presidentes que tuvo un proyecto de país durante la centuria pasada.

Sin embargo, hay al menos dos aspectos de la vida artística de Eva Duarte que no sólo merecen ser mencionados en su biografía política sino que también son constituyentes de esa estructura mítica que hoy conocemos como “La abanderada de los humildes”.

Uno es, precisamente, la supuesta cachetada que le dio Libertad Lamarque durante la filmación de “La cabalgata del circo”, otro film de Mario Soffici. La versión más maliciosa indica que debido a celos de cartel ambas discutieron y “La Duarte”, como se la conocía, le espetó que ella era “la única artista del lugar”. La ofensa habría sido respondida con una bofetada. La especie se completa con una arista política: Libertad de América estuvo exiliada en México durante las dos primeras presidencias de Perón.

Esta composición de los hechos se refiere aquí para mostrar que la vida de Eva, incluso su vida artística, siempre estuvo rodeada de miradas conspirativas, porque nunca nadie confirmó la versión. Ella jamás habló del incidente porque ya se aprestaba a dejar la actuación. Y Lamarque insistió, hasta el último de sus días, en que no le pegó una cachetada, aunque admitió que mantenían una mala relación. “De alguna manera, gracias a mi pelea con Eva, conquisté América. De no haber sido así, Libertad Lamarque hubiera quedado en el anonimato”, sostiene en su autobiografía "Mis memorias".

En ese libro, la “enemiga” explica con simpleza las consecuencias política que sufrió su carrera: los empresarios cinematográficos, sin esperar que el Gobierno de Perón o Eva se pronunciaran, resolvieron ante la versión periodística de la pelea no contratarla más. ¡Eran más papistas que el Papa, porque dependían de los créditos oficiales para filmar!

El otro aspecto a destacar y que liga la actuación con la política, se registró en 1942, cuando Eva Duarte fue contratada para hacer un radioteatro que se llamaba “Grandes mujeres de todos los tiempos”. La tira se transmitía por Radio Belgrano, estaba escrita por José Muñoz Azpiri -más tarde su asesor y escritor de discursos- y tenía la dirección general de Jaime Yankelevich, un prócer en los inicios de la televisión argentina. Esta anécdota ha sido difundida, pero lo que pocos saben es que en ese radioteatro ella les puso voz a personajes históricos como la química Marie Curie, la coreógrafa Isadora Duncan o la reina María Antonieta, una mujer que puso el cuerpo (la cabeza, en su caso) para el nacimiento de una nueva Nación. Lo de Eva, entonces, parecía premonitorio.

Claro que esos son dos hitos de su carrera. En realidad, había debutado como actriz en una de las compañías teatrales más importantes de la década del ’30, la de su tocaya Eva Franco. En 1935, compuso un papelito en la obra “La señora de los Pérez” en el Teatro de las Comedias. Crítica, el diario de Natalio Botana, calificó a la Duarte como “muy correcta en sus breves intervenciones”.

Un año después, fue contratada por la Compañía Argentina de Comedias liderada por los grandes actores Pepita Muñoz, José Franco y Eloy Álvarez, con quienes realizó una gira por Rosario, Mendoza y Córdoba con la obra “Doña María del Buen Aire”, una farsa sobre la primera fundación de Buenos Aires. Durante las funciones en el teatro Odeón de Rosario el diario La Capital publicó en julio de 1936 la primera foto conocida de Eva Duarte.

No obstante, recién el 25 de octubre de 1939, Eva hizo su primera portada en la revista Sintonía junto al actor Alberto Vila, con quien compartía cartel en la compañía de Pierina Dealessi, actriz y empresaria entre los años ’30 y ’50. En esa compañía trabajó durante varios años con Gregorio Cicarrelli, Ernesto Saracino, la propia Dealessi y un muy joven Marcos Zucker.

En el radioteatro su evolución fue, en cambio, más rápida. Ya en 1937 obtuvo el papel principal en la obra “Oro blanco”, que transmitía Radio Belgrano y estaba ambientada en la vida de los trabajadores algodoneros. Desde 1938, encabezó la Compañía de Teatro del Aire junto a Pascual Pelliciotta. Fue allí que hizo un famoso radioteatro de la época que se llamó “Los jazmines del ochenta”, en Radio Mitre, con actuación de Zucker y Héctor Blomberg. En 1941, esa compañía tuvo otro éxito: “Los amores de Schubert”, de Alejandro Casona.

Simultáneamente, Eva comenzó a hacer pequeños papeles en grandes películas. Una de las más recordadas por los cinéfilos es “El más infeliz del pueblo”, con Luis Sandrini, y además participó en “La carga de los valientes” y “Una novia en apuros”, ambas de 1941.

Su nombre y su carrera se habían acercado ya a la consagración, pero sus convicciones le tenían preparado otro destino. En agosto de 1943, Eva fundó junto a otros trabajadores del espectáculo y locutores la Asociación Radial Argentina (ARA), el primer gremio del rubro que existió. Así fue como se produjo el episodio que tiró por la borda su labor artística: el 22 de enero de 1944, se realizó en el estadio Luna Park un acto de la Secretaría de Trabajo y Previsión para agradecer a los actores que más fondos había recaudado en la colecta de solidaridad con las víctimas del terremoto de la ciudad de San Juan. Paradójicamente, una de las actrices condecoradas por el secretario Juan Perón fue la Lamarque. La otra, Niní Marshall.

Una leyenda inventada por Tomás Eloy Martínez dice que esa noche el después tres veces Presidente no tuvo ojos más que para la rubia que lo miró a los ojos y le dijo “gracias por existir, Coronel”. Pese a que algún historiador haya introducido esa versión en una crónica, sabemos que ese parlamento de radioteatro nunca existió. ¡Es cierto, merecería ser verdad para clausurar con un broche una carrera artística que pudo ser importante! Sin embargo no lo fue.

Eva Duarte actuó en una películas más: “La pródiga”, el film de Soffici que fue estrenado recién en 1984 porque el celoso general decidió retirarla de circulación mientras ella fuera la Primera Dama.
Un error de Perón, que quiso guardársela para sí cuando “esa mujer” ya había resuelto ser “Evita”.


* Publicado el 5 de agosto de 2015 en gaceta.com