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El negro, un filósofo rosarino

Si no lo hubiese matado una enfermedad degenerativa, el 26 de noviembre estaríamos festejando los 70 años de uno de los más grandes humoristas, narradores y hasta filósofos populares que dio el siglo XX en el Río de la Plata.


Gracias a su fina sensibilidad y su gran sentido del humor, ahora lo sabemos: “todo lo que hace el hombre tiene un solo fin: levantarse minas”. Roberto “El Negro” Fontanarrosa nos lo hizo saber sin tapujos, de la misma manera en que cambió muchas de las costumbres culturales de los argentinos.

Por ejemplo, muchos historiadores de los medios afirman (y no sé si es verdad, aunque merecería serlo) que a partir de 1973, cuando Fontanarrosa comenzó a publicar su tira “Inodoro Pereyra” en la contratapa del diario “Clarín”, toda la clase media (una exageración) leía el diario de atrás para adelante. ¡Qué lo parió!, hubiese respondido Mendieta.

Como el genial Quino con Mafalda, al Negro le debemos dos personaje de viñeta que son parte del acervo ciudadano: “Inodoro Pereyra, el renegau”, gaucho revolucionario de pacotilla y su sagaz perro Mendieta, y el mercenario “Boogie el aceitoso”, una parodia que oscila entre un James Bond torpe y un Harry el suicido esquizofrénico.

Sin embargo, fue en su faceta de cuentista y novelista que Fontanarrosa hizo devotos y fanáticos: se convirtió, sin dudas, en uno de los inventores sino el inventor de la narrativa futbolística que sentó sus bases a fin del siglo XX e hizo furor en lo que va de este.

También fue un narrador a secas, sin género, aunque nunca se despegó de una ironía casi wildeana y de un saber popular que exhibió hasta en el Congreso de la Lengua de Rosario, donde explicó por qué cuando uno se refiere a “un pelotudo” no puede usar ningún sinónimo culto porque este término sólo se explicar a través de una tautología: “un pelotudo es un pelotudo” y su único sinónimo es “boludo”.

Apenas aquellos que hayan leído “El mundo ha vivido equivocado”, o “No sé si he sido claro” o “Los trenes matan a los autos” (1992) podrá entender qué es un cuento “desopilante” o “para cagarse de risa”, como hubiese explicado El Negro. Además de los mencionados, si alguien quiere incursionar en el “fontanarrosismo” –un mal que se cura con más lecturas- no debe dejar de hojear “La mesa de los Galanes”, “Usted no me lo va a creer” y “El rey de la milonga”.

Sus relatos, plagados de saberes populares, guiños machistas y mucho, mucho humor, están ambientados en el famoso bar El Cairo, donde aún hoy es fácil encontrar, cualquier día de semana, a los “galanes”, víctimas de las parodias de El Negro con su trazo fino y delirante.

Para lo que quieran abundar, también es recomendable que tenga en sus manos las novelas “Best Seller”, una lúdica creación de un mercenario torpe, “El área 18” y “La gansada”.

Los libros en que se recopilan sus viñetas también son venerados por sus fanáticos y en verdad sus bromas son muy serias, tanto que le agregan al sarcasmo una filosofía de vida y “calle” que a muchos sorprende: “¿Quién es Fontanarrosa?”, “Fontanarrisa”, “Fontanarrosa y los médicos”, “Fontanarrosa y la política”, “El sexo de Fontanarrosa”, “Fontanarrosa contra la cultura”, “El fútbol es sagrado”, “Fontanarrosa de Penal” y “Fontanarrosa es Mundial” ha sido durante años best-sellers.

Desde que se formó en la revista cordobesa “Hortensia”, hasta que una enfermedad neurológica, se lo llevó el 19 de julio de 2007, El Negro Fontanarrosa cumplió su misión: nos hizo reír a todos. “Cagar de risa” más bien.


Publicado el 26 de noviembre de 2014 en Gaceta Mercantil