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Un Nobel para el lado de la justicia

Alice Munro es una narradora fragmentaria, de una obra singular y personalísima que vale la pena siempre recorrer. Al tal punto que fue bautizada la "Chejov canadiense". Según confesó esta mujer de más de 80 años, siempre usó parte de sus experiencias para componer relatos breves en busca de "la gran novela" que nunca se le dio.

Sin embargo, la obra de Munro puede leerse como una línea temporal de la novela norteamericana hecha de pequeños fragmentos y, sobre todo, como la memoria no sólo de su país sino también de la lengua inglesa.


Sus narraciones se apoyaron siempre en líneas temporales sucesivas y en una voz narrativa que, una y otra vez, teje versiones de la misma historia. Resulta casi paradójico que, por esta vez, la crítica literaria vaya a estar de acuerdo con el comité que otorga el Premio Nobel de Literatura.

Este, sin duda, es el premio controversial por excelencia, ya que, según decidió el filántropo sueco Alfred Nobel, el galardón debe ser otorgado anualmente "a quien haya reproducido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal".

La definición es tan etérea e imprecisa que ni los críticos más experimentados y ecuánimes podrían dar con un candidato adecuado. Por eso, quizá, al comité de la Academia Sueca se le ocurrió en 1953 dárselo a Sir Winston Churchill, sin duda uno de los cinco estadistas más importantes del siglo pasado, aunque con escasos méritos como historiador de las proezas de Inglaterra en la primera y la segunda guerras mundiales, en doce pesados tomos que muy pocos estudiantes británicos leen en la actualidad.

Por el mismo motivo que se lo dio a Churchill, la Academia Sueca ignoró a gran parte de los escritores que forman el programa básico de cualquier facultad de letras del planeta. Si aterrizara hoy un venusino y preguntara por una bibliografía elemental para conocer el panorama literario del siglo XX, pocos se atreverían a dejar afuera al francés Marcel Proust, al irlandés James Joyce, al checo Franz Kafka, al ruso León Tolstoi o al argentino Jorge Luis Borges. Sin embargo, los suecos lo hicieron. Como también dejaron afuera a Virginia Woolf, a Henrik Ibsen, a Federico García Lorca y a tantos otros.

Gracias a las investigaciones periodísticas y a la trilogía de novelas "Millennium" de Stieg Larsson, sabemos ahora que además de una gran calidad de vida, el cuidado del medio ambiente y una altísima tasa de suicidios, los suecos y los noruegos son machistas (lo que explica la escasa cantidad de mujer premiadas), violentos (los neonazis de Europa consideran a Suecia y Noruega su paraíso actual) y gran consumidores de alcohol.

Por supuesto, no puede generalizarse porque cada ser humano es un mundo, pero estas características explicarían en parte algunas de las votaciones de la Academia Sueca cuando otorga cada año ese premio que es tan arbitrario y político como el Oscar de la Academia de Hollywood.


*Publicado en octubre de 2013 en Gaceta Mercantil