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¡Matemos otra vez a Dreyfus!

Francia tiene una tradición fuerte de antisemitismo, que quedó reflejada en la matanza que perpetró en Toulouse un joven de 23 años que dijo pertenecer a Al Qaeda y que fue acribillado por la policía. El “Caso Merah” ha sido el más trágico, no el único.


Por Dominique Hongrois y agencias
Especial para Gaceta Mercantil y Escopeta Oxidada del Rocío 

No hace falta remontarse al caso Dreyfus, que conmocionó a media Francia y culminó como lo que era, un sonado asunto de antisemitismo denunciado a viva voz por Émile Zola. Tampoco es necesario recordar que en los escarceos previos a la Segunda Guerra Mundial, los gobernantes locales siguieron acríticamente las “políticas de apaciguamiento” de Sir Arthur Chamberlain, el premier británico, porque consideraban que sus enemigos eran la Unión Soviética de Stalin y el Frente Popular de Léon Bloy, antes que Adolfo Hitler. Por supuesto, el III Reich “apenas” detestaba a los judíos, a los negros, a los gitanos y a los comunistas; no a los franceses. Sabemos ahora que las “reuniones amigables” terminaron en la invasión de 1940 y el gobierno pronazi de Vichy.
La historia francesa suma hechos notables de odio contra una de las comunidades más pequeñas del país (poco más de 600.000 judíos actualmente) debido a que su sociedad nunca supo amalgamar diferencias religiosas y políticas, como sí lo hizo Alemania después de la guerra, acaso porque del otro lado del Rhin el horror se vivió de mucho más cerca y se pagaron culpas durante dos generaciones. El ejemplo de este aserto es que muchos franceses también tienen problemas con los musulmanes, que constituyen una de las comunidades más grandes de Francia (cerca de 6.000.000 de habitantes). Y lo que molesta en el Hexágono es que tanto musulmanes como judíos son tan franceses como el más antiguo descendiente de Asterix.
Los ataques a quienes piensan distintos no surgieron con el joven Mohammed Merah, el autoproclamado autor de los cuatro asesinatos perpetrados frente a una escuela judía de Toulouse y de otros tres en Montauban, donde habría matado a sangre fría a tres militares. Por algo, desde la escuela existencialista de Sartre y Camus, hasta los estudios culturales de Michel Foucault “el problema del otro”, como entidad enemiga, es el más analizado en La Sorbonne y en el resto de las universidades.
La mejor prueba de que el antisemitismo se extendió en los últimos tiempos es la gran cantidad de jóvenes que quedaron involucrados en ataques a personas, entidades y colegios judíos. A vuelo de pájaro sobre los titulares de los diarios, vemos que en Montpellier, la capital occitana de Lenguedoc-Rosellon, un centro religioso fue baleado, en un ataque similar a otros dos ocurridos en Strasbourg y Marsella. En Lyon, la segunda área urbana más grande del país, un automóvil fue estrellado e incendiado contra una sinagoga. En el suburbio parisino de Créteil, fue atacada la puerta de otro colegio judío con armas.
Cerca de los Pirineos, en Toulouse, la ciudad que ahora cobró tanta notoriedad, el atentado del luego asesinado Merah no fue el único: un club deportivo de la colectividad también fue atacado con una bomba molotov y un joven abrió fuego contra una carnicería kosher y contra el carnicero.
Si nos trasladamos a la glamorosa París, podría contarse que la estatua de Dreyfus, erigida tras su muerte para honrar la memoria luego del escarnio público en vida (algo típicamente francés), aparece pintada con la frase “judío mugriento” cada 15 días. En otro suburbio de París, Bondy, unos 15 hombres golpearon con barras de metal a los integrantes de un equipo de fútbol de la comunidad judía, un equivalente al Macabi de Buenos Aires. En los últimos 14 meses, en la comuna de Aubervilliers, al norte de París, el ómnibus que transporta niños a la escuela judía fue atacado tres veces.
La propia policía admite, al calor de la tragedia de Toulouse, que en París hubo unos 10 ó 12 episodios antisemitas entre el mes de febrero y marzo, todos protagonizados por menores de 30 años. En los vecindarios donde suele vivir la comunidad, como Le Marais o el Barrio Latino se han hallado asiduamente pintadas de grueso calibre: “Los judíos a la cámara de gas” y “Muerte a los judíos”. En Villeurbanne, en la región Rodano-Alpes, una mujer embarazada y su marido, ambos judíos, fueron golpeados por cinco hombres hace 15 días.

Antecedentes. Esta serie se produjo 17 años después de una ola de atentados atribuidos al fallecido “emir” Yamel Zituni, del Grupo Islámico Armado (GIA) argelino, que dejó al menos diez muertos y más de 200 heridos. Los ataques comenzaron el 11 de julio de 1995, cuando Abdelbaki Sahraui, cofundador del Frente Islámico de Salvación argelino (FIS), e imán de la mezquita parisina de la calle Myrha, murió de un balazo en la cabeza junto a un fiel que intentaba interponerse. El 25 de julio de ese mismo año, una botella de gas llena de clavos estalló en la céntrica estación parisina de metro Saint-Michel, causando ocho muertos y unos 150 heridos.
El 17 de agosto, se produjo la explosión de una bomba de gas en una papelera de la avenida Friedland, cerca del Arco del Triunfo de París, que produjo 17 heridos. El 26 de agosto se descubrió una bomba, que no llegó a explotar, en la línea de tren de alta velocidad Lyon-París, en una zona cercana a Lyon. El 3 de septiembre siguiente, cuatro personas resultaron muertas por la explosión de una bomba colocada en una olla a presión en el mercado del boulevard Richard Lenoir, en París. Un día después, una bomba fue desactivada en el baño público de la plaza Charles-Vallin, en París, cerca de un mercado. El artefacto estaba compuesto de una botella de gas de 13 kilogramos.
El 7 de septiembre, un coche bomba estalló ante la Escuela judía de Lyon, diez minutos antes de la salida de los alumnos, causando 14 heridos. El 6 de octubre, una bomba explotó en una papelera de la avenida de Italia, frente a la estación de metro Maison Blanche, provocando 18 heridos. El atentado se produjo el día del funeral de Jaled Kelkal, sospechoso del intento de atentado contra el tren París-Lyon y abatido por gendarmes una semana antes. A su vez, el 17 de octubre, explotó una bomba de gas entre las estaciones del museo de Orsay y Saint-Michel, en París, lo que causó una treintena de heridos.

La Roseraie. Según un reportaje hecho por cronistas de la agencia francesa “AFP”, los vecinos del barrio de Toulouse en que concretó el ataque Mohammed Merah están conmovidos y temerosos de que otros integristas vuelvan a matar. Uno de los padres que fue a dejar a su hija al colegio Ozar Hatorah el día de la masacre, señaló que “fue el Apocalipsis. La gente gritaba, corría por todos lados y gritaba ‘ahora hay un loco suelto en la ciudad’”.
En tanto, un habitante del barrio que vive a 100 metros del colegio, en el que el asesino mató a cuatro personas, entre ellas tres niños de 4, 5 y 7 años, señaló que “tengo amigos de infancia cuyos hijos se encontraban en el patio” cuando el agresor disparó. En tanto, una mujer que vive frente al colegio le contó a la agencia que “oí como un neumático que estalla, no era un ruido muy fuerte. Salí y vi los niños ensangrentados ¡Dios mío!”. Son imágenes de una tragedia que se duplicó el miércoles 21 y el jueves 22 con la cacería del supuesto terrorista: Mohammed Merah fue ultimado por un cuerpo de elite de la policía francesa de un tiro en la cabeza en el momento en que se resistía a la captura. Nunca se podrá saber con exactitud por qué lo hizo, si se prueba que lo hizo.
Pero este tipo de hechos no sólo tienen significación para una comunidad específica. En el resto de Toulouse, los padres de todas las ideas políticas, religiosas y hasta sexuales acompañaban a sus hijos con miedo en los ojos, pese al dispositivo de seguridad excepcional desplegado. Una mujer blanca que está casada con un hombre negro y que lleva a sus niños a una escuela municipal dijo alarmada a “AFP” que “el tipo que hizo eso es un racista. Yo soy madre de niños mestizos, que ahora se han convertido en blanco”.

El golpe emocional. Israel sepultó a las cuatro víctimas de la matanza con un nuevo llamado de firmeza contra el antisemitismo en todo el mundo. Los funerales, que se realizaron en el mayor cementerio de Jerusalén, el Monte del descanso, congregaron a una multitud de unas 2.000 personas, alrededor de los cuerpos de Jonathan Sandler, de 30 años y profesor de religión judía, y sus hijos Arieh, de 5, y Gabriel, de 4, y Myriam Monsonego,  de 7, hija del director de la escuela. Los tres niños asesinados tenían nacionalidad francesa e israelí.
El canciller Alain Juppé dijo en Jerusalén que los franceses “estamos comprometidos con el mismo vigor que con la lucha contra el terrorismo, ese flagelo que azota diversas regiones del mundo, desgraciadamente inclusive Francia”, pero en los hechos las fuerzas de seguridad no se han mostrado tan seguras.
Autoridades parlamentarias de Israel señalaron que el caso se inscribe en “el antisemitismo más brutal”, como los ataques contra la comunidad judía en Buenos Aires, el 17 de marzo de 1992 y el 18 de julio de 1994, y le reclamaron a Francia que haga “todo lo necesario para garantizar la seguridad de la comunidad judía francesa”.
Cada uno de estos síntomas, que hacen en conjunto una enfermedad, no han pasado inadvertidos para el gobierno de Nicolas Sarkozy, quien afirmó durante una reunión con las autoridades francesas de todos los cultos que su administración no iba a ceder contra el antisemitismo y la xenofobia. Una concesión clara y contundente de que el antisemitismo y la xenofobia rodean a la sociedad francesa.
Además, Sarkozy anunció medidas para reprimir la “apología del terrorismo o el llamamiento al odio y a la violencia” en internet, en viajes o en las cárceles, los que serán “castigados penalmente”, afirmó tras la muerte del terrorista atrincherado en Toulouse. “A partir de ahora, toda persona que consulte páginas en internet que llaman a la violencia será castiga penalmente… Toda persona que se desplace al extranjero para seguir trabajos de adoctrinamiento a ideologías que llevan al terrorismo será castigada penalmente… Y hemos pedido a la Justicia que lleve a cabo una reflexión profunda sobre la propagación de estas ideologías en el ámbito carcelario”, dijo.

Cualquier similitud con los años de la República de Weimar es pura coincidencia.

* Publicado el 28 de marzo de 2012 en Gaceta Mercantil