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Los medios bajo la lupa de un filósofo

En su libro, “Filosofía política del poder mediático”, José Pablo Feinmann se sirve de varias disciplinas para configurar un ensayo que explora la naturaleza del poder concentrado en los medios y sus efectos sobre la política y la conciencia de los individuos.



De la redacción de Gaceta Mercantil

El filósofo José Pablo Feinmann se pregunta si “¿es necesario decir qué es la filosofía política?” y sostiene que “desde Platón hasta Hobbes, Locke, Montesquieu, Rousseau, Hegel y Marx se ha hecho filosofía política. Ahí donde la filosofía se adosa rigurosamente a la política y desentraña sus mecanismos internos, ahí donde propone salidas, soluciones, utopías”.

En “Filosofía política del poder mediático”, publicado por Planeta, el autor indica que “cuando Nietzsche se enfurece contra las estructuras del Estado que sofocan el vuelo libre de las aves de rapiña, de la bestia rubia, del hombre que es una flecha lanzada hacia el superhombre, hace filosofía política”.

“Cuando Marx dice que las relaciones de producción expresan políticas de sometimiento a las que hay que derrocar por la violencia. Cuando denuncia la plusvalía -no como un mero y puro elemento de las estructuras de producción, sino como el despojo que el sujeto capitalista ejerce sobre el sujeto proletario- hace filosofía y economía política”, agrega Feinmann.

El filósofo sostiene que “hizo más Bill Gates que Descartes por la centralización del sujeto” y propone un análisis totalizador de los medios como “poder constituyente” o “colonizador de las conciencias de los receptores”.

En ese sentido, trabaja con la idea del sujeto-otro: “Un sujeto que bien cerca está o directamente es el sujeto absoluto hegeliano expresándose en el siglo XXI por medio del imperio bélico norteamericano y sus ramificaciones a lo largo y a lo ancho de este mundo. Es más amable, en apariencia, que el ‘Big Brother’ orwelliano. Pero más peligroso”.

Feinmann no vacila cuando afirma que “monopolizar la información es la utopía de todo poder mediático. Y esto ya ha sido hecho. La revolución comunicacional capitalista (la única verdadera revolución de la modernidad desde 1789, la única que triunfó en la consecución de sus objetivos) ha logrado monopolizar la información”.

“El poder mediático es privativo, es vanguardia –reflexiona-. Destruye e invade las subjetividades. Sin embargo, todo poder tiene sus zonas de no poder. Hay zonas del sujeto que la emisión unilateral e incesante del emisor no llega a erosionar por completo. Al ser su arma predilecta la repetición, puede ser víctima del efecto paradojal de ese procedimiento”.

Al respecto, explica que “el receptor accede a un estado de asco o de náusea cuando las repeticiones lo abruman y advierte que están tratando de manipularlo. O -fatigado- quiere escuchar otra voz. Esa voz puede existir o no. La tarea constante del poder mediático es eliminar las frases disidentes, las que no se someten a la unicidad de su mensaje”.

El ensayista aborda con cierta desconfianza el fenómeno de Internet: “otro elemento de sumisión”, lo define.


Enfatiza al respecto que “un medio en el que se creyó como herramienta de liberación y se ha transformado en un ‘Súper Big Brother’, controlado desde los centros más remotos e inaccesibles de un poder panóptico que incesantemente nos ve sin que lo veamos”.

El capítulo más poderoso del libro sea “Sobre la culocracia”, que aborda, con una buena dosis de humor, la figura del culo como “imagen hegemónica de la modernidad informática”, ya que según Feinmann, “el culo-idiotizante le es esencial al espíritu de dominación del capitalismo siglo XXI, el de los ‘mass media’ desbocados”.

“Los culos que muestra (Marcelo) Tinelli son los que el pobre tipo que mira por tevé querría hacer. Te mostramos, desdichado, lo que más hombre te haría. Pero eso es imposible para vos. Estos culos maravillosos son para los poderosos de este mundo. Que pueden, ante todo, comprarlos. Al comprarlos, ya los poseen. La posesión se da al adquirir el culo en tanto mercancía”, apunta el filósofo.