EOR

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Una sombra ya nunca serás

El 14 de diciembre de 1994, murió una de las voces más singulares de la literatura argentina del siglo XX, Silvina Ocampo, injustamente relegada por el universo intelectual que la rodeaba.



La historia de la literatura la ubicó, erróneamente, a la sombra de su hermana Victoria Ocampo, detrás de su esposo Adolfo Bioy Casares y bajo la influencia del único “peso pesado” de los escritores argentinos, Jorge Luis Borges. Si bien es cierto que la obra de difusión cultural de Victoria fue universal, que Bioy creó mundos literarios originales y que “Georgie” es “Georgie” (como quien dice “Gardel” o “Perón”, aunque a Borges le duela), Silvina Ocampo supo construir un territorio en el cual lo cotidiano se entremezcla sutilmente con lo fantástico a cargo de personajes de una crueldad muchas veces asfixiante.

Cuanto mínimo, la literatura argentina le debe tres subjetividades valiosas a Silvina: la primera, una crítica furibunda a las convenciones sociales de su tiempo a partir de un distanciamiento de la realidad que caracteriza sus puntos de vista. La composición de sus relatos, por ejemplo, tiende a corroer el lenguaje y las pautas de conducta. La segunda subjetividad, paralela a la primera, está plasmada por sus personajes. El remordimiento y la ferocidad explícita los vuelve marginales, los lleva afuera de las pautas de la clase alta en que Silvina se crió. Y la tercera, el esfuerzo que hizo para que la literatura fantástica y la policial (sus dos géneros preferidos) dejaran de ser considerados a un costado del canon literario y ocuparan, a partir de la redacción quirúrgica que la distingue, el centro de la escena.

Hay una cuarta característica que ella “se apropia” de sus dos grandes mentores (Borges y Bioy) y que hace a su literatura: el enfoque irónico –no desprovisto de humor negro- con que retrata situaciones y personajes, a tal punto que no genera índices que separen lo que está bien de lo que está mal.

Niña rica. Silvina Ocampo tuvo, paradójicamente, otra vocación artística en su juventud: quería ser pintora y por eso estudió en Europa con Giorgio de Chirico. Sin embargo, se volcó a la literatura a partir de un flojísimo libro de cuentos “Viaje olvidado”, de 1937, y un poemario, “Enumeración de la patria”, cinco años después. Su verdadera voz poética recién se conoció en “Lo amargo por lo dulce”, en 1962, a partir de lo cual fue considerada una de las mejores poetas líricas del siglo XX.

Claro que su poesía resulta “menor” si uno se detiene en su enorme narrativa. Desde 1948, cuando se conoció “Autobiografía de Irene” hasta el enorme libro “Cornelia frente al espejo”, de 1988, Silvina construyó una obra cuentística original y definitiva. “La furia y otros cuentos”, “Las invitadas”, “El pecado mortal y otros cuentos”, “Informe del cielo y del infierno” y “Los días de la noche” son el mejor fundamento para sostener los elogios que preceden.

Entre sus poemarios, son destacables “Poemas de amor desesperado”, “Los nombres” y “Amarillo celeste”, aunque van a la zaga de su formidable prosa. Además, preparó dos antologías que todavía hoy se publican, la de “Literatura fantástica”, de 1940, y la de “Poética argentina”, ambas junto a Bioy y Borges.

En colaboración con su esposo Bioy, Silvina escribió una de las obras maestras de la literatura policial nacional: “Los que aman odian”, publicada en 1946, y junto a Juan Rodolfo Wilcock, redactó el drama “Los traidores”, estrenado en 1956.

Silvina había nacido el 28 de julio de 1903 en Capital Federal y fue la más chica de seis hijos de dos terratenientes. Como su hermana, creció entre institutrices y aprendió inglés y francés antes que castellano. Sin embargo, no sucumbió a cierta tilinguearía que puede atribuírsele a Victoria, ni dejó nunca de observar a su clase como extraña.