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Soffici, el ojo perfeccionista

A 38 años de la muerte del gran actor y director cinematográfico, proponemos una recorrida por la obra de este artista nacido en Florencia en 1900 y creador de películas inolvidables como “Prisioneros de la tierra”.



Los que saben de cine argentino afirman que Mario Soffici, de quien se cumplen 38 años de su muerte*, tenía un ojo perfeccionista, era un estudioso, un sutil elaborador de textos e imágenes, además de un gran actor de teatro. No pocos no lo consideran -junto a Leonardo Favio y Leopoldo Torre Nilsson- el mejor realizador de la historia. 
Si bien los cambios tecnológicos parecen haber desactualizado sus películas (la última fue filmada en 1962), está claro que fue un hombre que analizó la joven tradición cinematográfica europea y supo volcarla a temáticas argentinas, justo él, que había nacido en Florencia.

Las historias del cine cuentan que con el director José Ferreyra, a quien conoció en Barcelona durante una gira, Soffici estudio cine desde un punto de vista técnico: contemplaba los negativos y analizaba sus resultados en el celuloide para intentar establecer una conexión entre la imagen proyectada y la capacidad de ver. Era un obsesivo de las posibilidades que tenía la cámara para captar, ya que los textos le llegaban mejor por su experiencia como guionista. Así fue como filmó unas 40 películas y actuó en otras tantas.

Sus comienzos, sin embargo, no fueron fáciles. Había nacido el 14 de mayo de 1900 entre una familia de joyeros del Ponte Vecchio que quebraron y terminaron trabajando en la vendimia mendocina. A los 9 años ya estaba radicado en la Argentina. Según explicó, de chico amaba los títeres, pero no el colegio. Trabajó como vendedor de diarios, imprentero y otros oficios hasta que se inició en el teatro. A los 20 años, viajó a Buenos Aires y fue contratado como actor, aunque alternaba ese oficio con trabajos insalubres y temporadas en la calle. Su primer labor importante fue como guionista en “El alma del bandoneón” (1935). En una entrevista, dijo: “yo venía del teatro, había hecho un repertorio estupendo, desde Aristófanes hasta Máximo Gorki y Andreiev… y ‘Alma...’ era una cursilería, como lo sigue siendo hoy. Me parecía terrible, pero después pensé que de alguna manera tenía que aprender”.

También llegó al cine como actor, bajo la dirección de Ferreyra en “Muñequitas porteñas” (1931) y de Enrique Larreta en “El linyera” (1933). Más tarde filmó una serie de películas, entre las que se destacan “Viento Norte” y “Kilómetro 111”. No obstante, la visión del gran público recayó sobre Soffici cuando se estrenó “Prisioneros de la Tierra” (1939), el film que lo consagró como el gran director del cine social. “Prisionero…” tuvo un guión de Ulises Petit de Murat y Darío Quiroga, basado en cuentos del padre de éste, Horacio. Pero el gran secreto del éxito fue la cámara: la naturaleza, los paisajes, los yerbatales de Misiones y los obrajes en que se embrutecían los peones, en una unidad que denunciaba y era arte. Una gran interpretación de Francisco Petrone, en el papel de un capataz ruin, completaba el cuadro.

Quizás el gran mérito de Soffici fue haberse adelantado 30 años a lo que en la década del ’60 se llamó “Cine latinoamericano de denuncia”, un tipo de filmografía que, en verdad había sido inaugurada por Sergei Eisenstein, en los albores de la Revolución Rusa. El film tuvo tanto impacto que llevó a un joven crítico de la revista “Sur”, un tal Jorge Luis Borges, a escribir “es muy bueno este film; es superior a cuantos ha engendrado nuestra resignada república. Es también superior a la mayoría de los que nos mandan París y California”.

Osvaldo Getino en su “Cine Argentino, entre lo posible y lo deseable” destaca que en el film Soffici “incorpora la propia naturaleza como un protagonista más del drama” de la explotación humana. Es que ideológicamente, estuvo comprometido con el “campo popular” que se formó después del derrocamiento de Hipólito Yrigoyen alrededor de FORJA, junto al músico Homero Manzi y al mismo Petrone. Ya consagrado, firmó algunos de las mejores películas del cine argentino, como “Héroes sin fama” (1940), “La cabalgata del circo” (1945) que inmortalizó en el celuloide a un actriz que muy pronto sería la “Abandera de los humildes”, Eva Duarte, y “La pródiga”, con Libertad Lamarque.

En esas películas, incorporó algunos primeros planos que no necesitaron del desnudo ni de la palabra soez para llegar al erotismo: el rostro de Zully Moreno en “La dama del mar”, el de Amelia Bence en “El pecado de Julia” o el de Graciela Borges en “Sola frente al mundo” quedaron inmortalizados. Otro de sus prodigios fue haber trabajado con algunos de los mejores escritores sociales de la época y, pese a los egos, haber elaborado en equipo verdaderas obras de arte. Enrique Amorim, Nicolás Olivari y Sixto Pondal Ríos fueron algunos de sus guionistas, una tarea en la que él mismo descolló en films como “Viento Norte” o “Rosaura a las 10”, adaptación de la novela de Marco Denevi. Justamente con “Rosaura…” (1958), le puso el broche de oro a su carrera como director, aunque siguió filmando y actuando: algunos lo recuerdan por “Los muchachos de antes no usaban arsénico”. El 10 de mayo de 1977, hace 35 años, murió. Se había formado durante la primera dictadura y falleció en la última.


*Publicado el 16 de mayo de 2012 en Gaceta Mercantil