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Lorenzo de Medici, el magnífico mecenas

Más de 500 después de su fallecimiento, el florentino Lorenzo de Medici, llamado “El Magnífico”, es sinónimo de los ideales refinados del Renacimiento cultural europeo, para el que fue no sólo mecenas sino también poeta y filósofo.


Por Martín Ungaro

Acaso haya sido el banquero y político más importante del Renacimiento italiano. Sin embargo, hoy, 520 años después de su fallecimiento, Lorenzo de Medici es considerado por los historiadores del arte y la literatura uno de los hombres esenciales del desarrollo cultural florentino. Poeta, filósofo y sagaz diplomático, bautizado por sus pares como “El Magnífico”, Lorenzo nació en la ciudad de Florencia el 1º de enero de 1449 y tuvo a su servicio a algunos de los más prestigiosos intelectuales y artistas de su tiempo, como los geniales Leonardo da Vinci y Botticelli, quien trabajó para él en Milán.

Con apenas 17 años, su padre -conocido como Piero “El Gotoso”-, lo envió a estudiar a las mejores escuelas de Venecia y Milán. Luego, le buscó un cargo en el servicio diplomático para que viajara y conociera otros países. Fue, en definitiva, un hombre con los ideales del “Quattrocento”,  un período que produjo la mancomunión entre los gustos de los mecenas y el desarrollo artístico. Y ese progreso que nos legó, entre otras obras, el techo de la Capilla Sixtina o “El nacimiento de Venus”, de Botticelli, surgió de la competencia entre las cortes para establecer qué modelo político y artístico prevalecía. En ese punto, los Medici fueron la imagen de refinamiento moderno, mientras la Roma papal, con la que siempre compitieron, se volcó al clasicismo grecorromano.

Siglo XV. En esa centuria, surgió en Italia un mecenazgo directamente vinculado a la política. Las artes, sobre todo la pintura y la escultura, no tenían sólo valor estético, sino también económico y diplomático. Es decir, se convirtieron en un instrumento al servicio de los gobernantes que competían entre sí. Y en el centro de esa lucha, estaba la familia Medici.
Siguiendo a su abuelo Cosme y a su padre Piero, Lorenzo fue el más grande coleccionista de artes y libros de la región, aunque para atenuar su gula fundó la Biblioteca Laurenciana y la Academia, las dos grandes instituciones culturales de Florencia. En esos dos lugares, mantuvo discusiones de gran nivel con el filósofo Pico della Mirandola y trató a Botticelli hasta hacerse su amigo. También creó la escuela de artes de San Marcos, donde asistieron muchos hijos de familias humildes, entre ellos un niño llamado Miguel Ángel Buonarroti.

Ese amor al arte corrió en paralelo a su actividad política y económica, la que tuvo no poco sobresaltos. En ese entonces, cada familia poderosa disputaba el poder por medios más ilícitos y violentos que lícitos: había mucho lugar para los asesinos y poco para los abogados. Por ejemplo, el Papa Sixto IV, enemigo de la familia, le retiró a los Medici la gestión de fondos de la Iglesia y se lo entregó a los Pazzi, también banqueros florentinos. Estos, en un acto de corte mafioso, intentaron asesinar a toda la familia Medici en la puerta de la catedral de San Marcos, en 1478. El hermano mayor, Juliano, murió allí, pero Lorenzo escapó.

El mecenas sabía que detrás del atentado estaba, junto al Papa, el Rey de Nápoles, Fernando I. Por eso, se dirigió solo y desarmado hasta esa ciudad, se presentó en el palacio y lo retó a negociar para poner fin a “una guerra funesta”. Su victoria fue mayor que la que hubiera logrado con un ejército. Tanto que su hijo Juan fue nombrado por Sixto IV cardenal con escasos14 años y, más tarde, logró que fuera el Papa León X.

El economista. En su faceta de financista, Lorenzo de Medici fue un desastre, ya que por sus deudas vinculadas a la política y a las artes se perdieron las filiales comerciales de la familia en Londres, Brujas y Lyon. Además, llegó a la bancarrota personal por utilizar fondos propios en obras que embellecieron a la ciudad de Florencia. Hay un explicación: en esa época de la historia, el arte pasó a ser profesional. Cada casa aristocrática ofrecía la mejor paga posible para tener a los mejores pintores y escultores. En ese juego comenzó a competir la caja más grande de la región, el Vaticano. Masaccio, Donatello y Mantegna fueron a Roma, ejecutaron sus obras y regresaron. Otros, en cambio, se instalaron allí como Miguel Ángel y Rafael.  Así fue como una seria nutrida de artistas trasladó su residencia a Roma y comenzó la decadencia de la Florencia de los Medici.

El escritor italiano Giovanni Papini escribió que la plenitud del Renacimiento florentino tuvo a Lorenzo “como su protagonista, o mejor aún, su epicentro temporal y simbólico. A pesar de que murió muy joven -sólo contaba cuarenta y tres años-, él, con su nombre, su obra, su influencia y su persona, llenó toda la historia italiana civil e intelectual del último tercio del siglo XV”.

Pese al poder y la gloria que supo cargar en sus hombros, “El Magnífico” tuvo su piedra en el zapato: en 1490, dos años antes de su muerte, el sacerdote Girolamo de Savonarola, famoso por instar a los fieles a quemar libros y otras “vanidades de la vida terrenal”, ingresó al Convento de San Marcos y comenzó a predicar sus encendidos sermones contra la familia. Sin embargo, el 9 de abril de 1492, el propio Savonarola se encargó, en el lecho de enfermo de su enemigo, de darle la extremaunción.

Publicado el 5 de marzo de 2012 en Gaceta Mercantil.