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El zar rojo

Luego de dirimir una lucha interna por el poder en la Rusia post-zarista, Iósiv Dzhugashvili asumió como secretario General del Comité Central del Partido Comunista, lo que para algunos historiadores significó la conversión de la idea socialista en una simple dictadura.


En marzo de 1921, durante el X Congreso del Partido Bolchevique, Nicolai Lenin argumentó la necesidad de cohesión para el triunfo de la revolución y alertó sobre los peligros del fraccionamiento, al que calificó como “contrarrevolucionario”. De esa forma, cimentó la idea de partido único en Rusia y desalentó las disidencias internas, las que sin embargo toleraba en privado. Hubo dos grandes perdedores luego de ese cónclave: el más visible fue el sector liderado por la “obrerista” Alexandra Kollontai, que pedía que hubiera “menos burocracia de comités” y “más acción con los operarios y campesinos” para que éstos se acercaran al socialismo y no lo consideraran, como ocurría en verdad, “la otra cara de la violencia zarista”. El otro gran perdedor fue el canciller y comandante en jefe del Ejército Rojo, Lev Trotsky, quien en ese momento luchaba con los restos del zarismo y de las potencias extranjeras que habían corrido al auxilio tardío del zar Nicolai II. Al cabo de la junta, los partidos y las organizaciones políticas quedaron abolidos: había triunfado la “burocracia del comité bolchevique”, como dijo Kollontai, y se iniciaba lentamente una dictadura.

La guerra civil rusa estaba entonces en sus últimos estertores, pero la salud de Lenin quedo deteriorada debido a un atentado que le dejó una bala en el cuello, cerca de la espina dorsal, y una sífilis mal curada que lo iba consumiendo. No fue extraño, por lo tanto, que declinara parte de sus obligaciones y poderes en quien era su mano derecha, el georgiano Iósiv Vissariónovich Dzhugashvili, llamado por sus amigos “Koba” o “Stalin”. Pese a versiones en contrario que difunden sus detractores de izquierda, Stalin era un fiel amigo del líder desde 1903, cuando se unió a la facción bolchevique del Partido Obrero Social Demócrata Ruso, encabezada por Lenin. Trotsky, en cambio, pertenecía a los mencheviques, algo que al parecer no se le perdonó.

Un año después de presidir el X Congreso, Lenin sufrió un primer infarto cerebral y su papel en el gobierno declinó. En diciembre siguiente tuvo un segundo infarto y una hemiplejia en el lado derecho de su cuerpo lo retiró de la política. Mientras tanto, Stalin conseguía la fusión de la República Federativa Soviética de Rusia, la República Federal de Transcaucasia, la República de Ucrania y la República de Bielorrusia, para conformar la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. En marzo de 1923, Lenin sufrió un tercer infarto y perdió el habla. No resistió su cuarto infarto, el 21 de enero de 1924. Su patólogo, Alekséi Ivánovich Abrikósov, no mencionó la palabra sífilis en la autopsia, pero mencionó el daño vascular, la parálisis y otras incapacitaciones que eran típicas de esa enfermedad.

En tanto se desarrollaba el proceso final del líder, una silenciosa disputa por el poder se libraba por detrás del enfermo. De un lado, el jefe del Ejército Rojo; del otro el secretario General del partido, quien controlaba la información. Tras imponerles alianzas a otros dos jefes de la revolución, Grígori Zinóviev y Lev Kámenev, Stalin fue nombrado en el Congreso de 1924 como el gobernante. Así comenzó una batalla final disfrazada de lucha ideológica: los dirigentes que no le obedecían fueron expulsados del país, desterrados a Siberia o asesinados…

Su vida. Stalin nació en Gori, Georgia, el 21 de diciembre de 1879. Según sus biógrafos, era hijo de un zapatero alcohólico y golpeador que abandonó a la familia cuando él tenía 9 años. Su madre lo envió a una escuela religiosa ortodoxa, pero fue expulsado en 1899 por sus ideas marxista y se unió a la lucha de los socialistas contra el régimen de los Romanov, la familia zarista. Quienes lo conocieron destacaron una “personalidad fría, rígida, calculadora y carente de afecto” que le sirvió en sus luchas políticas y militares. Entre 1902 y 1917, el año de la Revolución Rusa, estuvo preso o exiliado y, recién con el triunfo bolchevique, salió de una cárcel siberiana y recibió el encargo de ser Comisario del Pueblo de Asuntos Nacionales, una especie de ministro del Interior. También asumió la estratégica dirección del periódico “Pravda”, órgano oficial bolchevique.

Una vez que ocupó el gobierno soviético y la dirección del partido, dirimió las internas con rapidez y ferocidad porque ya tenían planeado el próximo paso: llevar a la URSS hacia una industrialización masiva y una economía centralizada en el Estado, a través de un programa económico con metas plurianuales que denominó “Planes quinquenales”. Más allá de los medios brutales de los que se valió, hizo que ese país, casi medieval en su concepción económica, se convirtiera en la segunda potencia mundial. Claro que su éxito no es óbice para señalar que lo logró imponiendo colectivizaciones forzadas y creando “campos de reeducación”, un eufemismo usado para el encarcelamiento masivo del campesinado, el sector más conservador frente a los cambios, y de opositores. En ese sentido, no son pocos los historiadores que aseguran que los resultados que obtuvo están basados en una dictadura que oprimió a conservadores, liberales y revolucionarios por igual. El mejor ejemplo fue su ex camarada Trotsky, que debió exiliarse en 1929 y fue asesinado en México por un agente soviético, en 1940.

Hasta junio de 1941, cuando Adolf Hitler ordenó invadir Rusia, Stalin mantenía un pacto de no agresión con Alemania. Sus críticos acérrimos dicen que pretendía dividirse Europa con los nazis. Sus pocos seguidores afirman que fue “una táctica” porque la URSS no estaba preparada aún para combatir contra el poderoso aparato militar alemán. Lo cierto fue que la decisión de Hitler fue la más desacertada de la guerra y el Ejército Rojo inclinó desde oriente la contienda bélica. Al cabo de cuatro años, la Unión Soviética emergió victoriosa como una superpotencia militar, se sentó en la mesa de los vencedores y obligó a adoptar regímenes comunistas sujetos a Moscú a los países que quedaban al Este de Berlín.

Después de realizar casi todos sus sueños políticos, Stalin murió en Moscú por una hemorragia cerebral, el 5 de marzo de 1953. En esa época, ya lo llamaban “El zar rojo”.