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Pasolini, un homicidio escandaloso

El 2 de noviembre de 1975 fue asesinado en un descampado de Ostia, cerca de Roma, uno de los cineastas y escritores más importantes de Italia. Todavía hoy, la autoría del crimen es un enigma que un documental intenta aclarar.


Por Myrna Leal

Cualquier italiano mayor de 40 años puede evocar dónde estaba en el momento en que se conoció la noticia sobre el crimen de Pier Paolo Pasolini. El controvertido y prolífico poeta, novelista, ensayista y cineasta fue asesinado el “Día de  todos los Muertos” de 1975, con una brutalidad sorprendente, en un descampado de la localidad de Ostia, próxima a Roma.
La verdad oficial, que quedó asentada en expedientes judiciales, aseguró, aún en contra del sentido común, que hubo un homicida solitario que se reconoció como tal: el delincuente Giuseppe "Pino" Pelosi, de 17 años, dedicado a las pequeñas rapiñas y a venderse como taxi boy. La versión sostiene que, acosado por Pasolini, un reconocido homosexual, el adolescente reaccionó asesinándolo.
Las dudas surgieron de inmediato. Las más obvias: ¿cómo era posible que un hombre corpulento como Pasolini pudiera ser atacado y su cuerpo mutilado por un chico menudo como Pelosi? ¿Por qué la Justicia no llamó a declarar a los vecinos del lugar donde fue asesinado, en Ostia, si por los canales de televisión muchos aseguraron que aquella noche del 2 de noviembre habían escuchado gritar a un hombre y que junto a él se sintieron cuatro o cinco voces? 
El juez de Menores de Roma Alfredo Moro -hermano de Aldo Moro, el líder de la Democracia Cristiana secuestrado y asesinado casi tres años más tarde- advirtió al revisar la investigación que el homicidio había sido cometido por varias personas. Sin embargo, esto no fue tenido en cuenta y un tribunal de apelación simplemente lo ignoró en pos de la versión del criminal solitario.
“La primera sentencia condena a Pelosi por haber asesinado a Pasolini en concurso con desconocidos”, recordó recientemente Nino Marazzita, abogado querellante en el caso y amigo de la víctima. Pero en vez de investigar la identidad de los demás participantes del crimen, que es una obligación jurídica, la fiscalía “impugna la sentencia para decir que no había otras personas además de Pelosi”, aseguró. Se trata de “un hecho escandaloso, pero al mismo tiempo es un hecho significativo de una voluntad de no reconocer” la verdad.
En definitiva, sostuvo el abogado en el reciente audio documental “El Pacto”, del periodista alemán Roman Herzog, “el poder de entonces sabía que Pier Paolo podía haber sido asesinado por una trama de poder institucional, de poder político”.
En más de 35 años, Marazzita, intentó en cinco oportunidades reabrir la causa sin éxito, ya que cuando el pedido era aceptado la investigación se cerraba rápidamente. El último reclamo fue en 2005, cuando Pelosi, con varios años de libertad, aseguró en una entrevista que no había matado al poeta, sino que lo habían hecho tres personas a las que no podía identificar y explicó que no lo había dicho antes por temor a represalias contra él y su familia.
El chantaje. No fue hasta 2010, cuando algo difícil de interpretar puso en marcha nuevamente a la reticente Justicia italiana: el 2 de marzo de ese año, el senador Marcello Dell'Utri (del berlusconista Popolo della Libertà) aseguró que tenía el Capítulo 21 de la novela de Pasolini “Petróleo”, inédita a la muerte del autor, una parte que siempre se creyó había sido robada tras el crimen. Lo presentaría, agregó, en pocos días, en la Feria del Libro de Milán. Entonces, se desató un escándalo.
Es que, años antes, Pasolini había sugerido, en una de sus columnas semanales en el diario “Corriere Della Sera”, que “Petróleo” incluiría hechos y responsables de lo que consideraba un golpe de Estado en ciernes (Ver “El columnista indiscreto”). La novela inconclusa fue publicada, finalmente, en 1992. El autor incluyó en el índice el “Apunte 21”, titulado “Relámpagos sobre ENI”, pero este texto nunca apareció. ENI es la empresa de energía Italiana que fue dirigida por Enrico Mattei hasta su muerte en un atentado. Su sucesor Eugenio Cefis estuvo sospechado de haber sido el ideólogo del crimen.
No obstante, el Capítulo 21 no existía una semana más tarde. Dell'Utri, que había afirmado haber leído las páginas recuperadas y se permitió comentar que su contenido era “inquietante”, explicó sin rubor que el señor en posesión del manuscrito, a quién citó a su oficina, nunca asistió. Simplemente, no sabía quién era, no sabía dónde estaba el fragmento. En verdad, admitió, nunca lo había leído. 
El hecho sobre el evanescente “Apunte 21” había sido protagonizado por un personaje singular, un hombre condenado en 2004 por la Justicia por colaboración con la mafia, a quien el brazo de la cárcel aún no ha podido alcanzar gracias a sus fueros parlamentarios. Dell'Utri es un antiguo colaborador de Silvio Berlusconi, un insolente que ha declarado públicamente que “la mafia no existe” y que se definió a sí mismo como “un político en legítima defensa” que solo “se  defiende con la política” de las causas judiciales que lo acechan.
El audio documental de Roman Herzog, hecho en idioma italiano, repiensa el caso con numerosos testimonios y no descarta que el senador del Popolo della Libertà haya esgrimido la supuesta aparición del capítulo como un “chantaje”. Pudo haber querido decir, expresó el autor, “'si no obedecen puedo sacar afuera la verdad sobre Pasolini', es decir la verdad que Pasolini escribió en aquel capítulo, verdad que puede poner en desventaja a los hombres del viejo PCI (Partido Comunista Italiano). Porque ellos han sostenido el terrorismo y no lo admiten hasta hoy. Existe entonces una cuestión urgente con la que la derecha puede amenazar a la vieja izquierda: (el ex premier y diputado Massimo) D'Alema por ejemplo o (el actual presidente de Italia Giorgio) Napolitano, que podría suscribir las leyes a favor de Berlusconi o no”. Es que, al momento de la revelación de Dell'Utri el desvergonzado ex Primer Ministro aún necesitaba de varias normas para desembarazarse de la Justicia.  
El alboroto levantado por Dell'Utri, y la efímera ilusión de los honestos de conocer el capítulo ausente, movilizó a algunos políticos italianos que no pudieron mirar para otro lado, por lo que el ministro de Justicia de entonces, Angelino Alfano, solicitó la reapertura del caso, a 35 años del crimen. Desde entonces el fiscal Francesco Minisci retomó la investigación del homicidio. El inmenso desarrollo tecnológico de las últimas décadas podría permitir la realización de pericias que aporten los elementos necesarios para rastrear a los culpables.
“Yo sé que esta vez se puede llegar a la verdad. Antes esa verdad daba miedo porque se pensaba que grandes personajes del mundo político estaban involucrados. Después se dejó de investigar por inercia. Ahora la voluntad es la de saber la verdad sin miedo, porque si se llegara a los asesinos reales no creo que su identidad desestabilizara al país, han pasado muchos años”, se entusiasmó Marazzita, en declaraciones a la prensa italiana.
La impunidad. Los motivos que permitieron, tras el crimen, llevar adelante con impunidad una investigación que aparecía a todas luces como burda, no se explica únicamente por los intrigantes intereses políticos de la época. “El aire que se respiraba por entonces en Italia era el aire de un pequeño paisito. Lo que escuchábamos decir era (Pasolini) 'se lo ha buscado' y la misma frase dijo el entonces primer ministro, Giulio Andreotti”, recordó el abogado Marazzita. 
La posición que cuestionaba la hipótesis del asesino espontáneo y solitario fue rápidamente descartada por la propia sociedad, influenciada por los medios de prensa de entonces. En pleno proceso, Marazzita intimó al director general de la RAI a evitar que esos medios dieran “como oficial la versión de Pelosi, como habían hecho”, destacó el abogado. Aún así, la gente incorporó rápidamente esa lectura como cierta porque “lo dijo la televisión”, lamentó.
También el politólogo Giorgio Galli recordó para el audio documental de Herzog que, durante las primeras horas después del crimen, hubo medios que se atrevieron a lanzar la hipótesis de que el artista podría haber sido asesinado por fascistas. De hecho, en varias ocasiones había sido atacado por bandas de esa ideología. Pero, tras la confesión de Pelosi, su relato siguió “adelante bastante tranquilamente”, aseguró, porque “nadie tenía interés en una cosa distinta”. Existía “la voluntad política de no reconocer la verdad. Era una voluntad mediática que escondía o se sincronizaba con la voluntad política y la voluntad judicial”, destacó Marazzita.
Después de todo se trataba de un artista revulsivo no sólo por sus filmes de altísimo nivel erótico para la época, sino también -y sobre todo- por sus lúcidas críticas a la clase política italiana. Era un comunista echado del Partido Comunista Italiano, un crítico feroz de la Democracia Cristiana en el gobierno y del empresariado nacional. A todos quitaba la máscara. No tenía piedad con sus propios colegas intelectuales, ni con los periodistas que no cumplían con su deber, decía, de denunciar esos abusos. Sus opiniones políticas resonaron con fuerza especialmente desde 1973, cuando comenzó a escribir su columna en el “Corriere Della Sera”, de Milán, uno de los más vendidos del país.
Once meses después del crimen, la Corte de Apelaciones sentenció a Pelosi a nueve años de prisión como único autor del crimen. El móvil: el rechazo del adolescente a un requerimiento sexual de la víctima. La farsa que se volvió verdad oficial. La autoría material e intelectual del homicidio de Pasolini aún es un misterio, de lo que ya no hay dudas es de que se trató de un crimen político, desvinculado de los supuestos desórdenes pasionales del artista
¿Estuvieron los dirigentes del PCI y, tal vez de la Democracia Cristiana, detrás del crimen? Herzog no puede descartarlo, pero recuerda que se trataba de una época donde todo se callaba, no se daba nombres, no se hablaba de lo que se sabía sobre delitos del terrorismo y delitos de Estado. La “culpa de los viejos comunistas -concluye Herzog-, con la que Marcello Dell'Utri eventualmente estaría jugando, podría ser justamente esta: haber tenido pruebas sobre el homicidio de Pasolini, pero haber callado, como en el caso de tantas otras masacres italianas”.